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Y Nuestro Señor creó ...

Material compilado y revisado por la educadora argentina Nidia Cobiella (NidiaCobiella@RedArgentina.com)

Y nuestro Señor hizo crecer la yerba mate

   De vez en cuando, a nuestro Señor le gusta venir a la tierra. No revela su nombre, pero va de país en país, para ver cómo se comportan los hombres y si no han olvidado sus mandamientos.

   Durante uno de esos viajes, el Señor llegó a nuestras tierras. Los caminos estaban llenos de polvo y las distancias eran muy grandes; no había árboles y el sol calentaba en la llanura desde el amanecer hasta el atardecer.

   El Señor estaba cansado, pero no decía nada. Fue San Pedro, su compañero de viaje, quien exclamó : “Estoy muy cansado y me es imposible caminar más. Es hora de que descansemos. Ahora entiendo  por qué la gente de estos pueblos siempre va a caballo y no a pie.”

   Miraron por todos lados , y pronto descubrieron un ranchito al lado del camino. Allí vivían unos campesinos que, al verlos, los recibieron atentamente. La hija corrió a sacar agua fresca de la olla de barro que guardaban para beber , pero al darse cuenta de que los viajeros necesitaban bañarse, tomó dos charotes y se dirigió al arroyo para traer más agua.

   Al poco rato, el puchero estuvo listo y comieron. Era la comida sencilla con que se alimentaban los campesinos, pero se la ofrecieron a los peregrinos  con respeto y cariño. El Señor se sentía muy a gusto con esta familia y agradecido por su gentileza. Una vez terminada la comida, la madre les tendió camas en el piso sobre hojas de maíz, iguales a las de ellos. Todo estaba limpio y tenía olor a tierra.

   Nuestro Señor se acostó, descansó toda la noche, y se despertó muy contento. San Pedro estaba esperándolo en la puerta para continuar el viaje, pero el Señor tardaba: quería expresar su agradecimiento. Recogió una rama que estaba en el suelo, la sembró delante del ranchito, la bendijo y les dijo a los campesinos : “Esta mata retoñará y se cubrirá de hojas verdes. Cosechen las hojas y déjenlas secar al sol ; con ellas podrán preparar una bebida que se llamará mate, y que los refrescará y les dará ánimo. Tómenla con agrado, y al hacerlo recuerden al viajero  que vino de muy lejos y que estuvo contento en su casa “.

   Los campesinos hicieron lo que el Señor les dijo, y el bienestar y la suerte los acompañó toda la vida. Los arbustos se multiplicaron, y en esta forma el matrimonio pudo compartir  el mate con sus vecinos, quienes le daban a cambio carne y pieles.

   Donde se bebía mate la gente estaba contenta y sana y gozaba de la vida. “Fue un regalo del cielo que nos trajo el Señor”, solían decir los campesinos, cuando después del trabajo hacían circular el recipiente con mate y hablaban de tiempos pasados.

Ute Bergdolt de Walschburger (recopilación)
Leyendas de Nuestra América- Barcelona
Editorial Norma- 1994

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