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Museo de Antioquía | Galería Botero | Acuarelas | Esculturas | Lápices | Óleos | Pasteles | Otras Donaciones | Más Donaciones
Biografía de
un Sueño
En una tarde imborrable, un animal de 300 kilos le espantó de una sola
embestida su sueño de torero.
Más tarde su gusto, todavía incipiente por la acuarela, lo puso en el
camino de una ilusión utópica: ser pintor.
Así, para recorrer ese destino, hubo de enfrentar el escepticismo de los
demás, pues salvo Flora Angulo, por intuición materna, y el tío Joaquín,
por un inmenso afecto, nadie más creyó en sus dotes de artista. Antes
de cumplir los veinte años salió de Medellín, una ciudad encerrada entre
montañas que preservaba su aire provinciano, y cuyas casas de techos de
teja cocida conservaban, detenidos en el tiempo, amplios patios interiores,
sus corredores adornados con geranios y su hilera de cuartos en galería
hasta donde llegaba el aroma de , azahares de los naranjos del solar.
Las familias se reunían a la hora del almuerzo, había tiempo para la siesta
y apenas uno que otro escándalo menudo alteraba la monotonía del ambiente.
Los artistas de la tierra cimentaban futuros y atisbaban, si acaso, el
arte universal, representado en láminas. Abandonaba, pues, Fernando Botero,
al Medellín de 1951, para convertirse en uno de los mas reconocidos artistas
del mundo, poseedor de una expresión que mantenía intactas sus raíces
atávicas, hundidas para siempre en su alma de creador, y que le imprimen
a su obra una veta inagotable, que hace de lo provinciano un tema universal.
Nace un anhelo
De la misma manera como aparecen sus esculturas monumentales, que a
partir del apunte toman cuerpo en dócil cerámica y luego son materia colosal.
abrasada en el horno y cargada de brillas y de formas, nació la idea de
una donación que fue, al principio, noble sentimiento, luego empeño generoso
y después esperanzadora realidad.
En el origen de este hermoso itinerario, subyace ese apego de Fernando
Botero a su tierra, como nostalgia e inspiración, como indestructible
cordón umbilical. En la cumbre de un éxito personal que nunca ha llegado
a estropear el espíritu sencillo y descomplicado del artista, comenzó
a gestarse la Donación Botero.. El 12 de julio de 1974, el recinto de
la Biblioteca Pública Piloto de Medellín estaba colmado de asistentes,
entre quienes se destacaban el Maestro Pedro Nel Gómez, la crítica de
arte Marta Traba y varios artistas intelectuales de la época. Se inauguraba
una Sala de Arte con una muestra fragmentada de la obra de Fernando Botero,
quien se dirigía al público a través del, micrófono.
En ese momento alzó la voz Teresa Santamaría de González, una mujer
intelectual y culturalmente adelantada a su tiempo, y que había rescatado
el Museo de Antioquía del desván en el que agonizaba, y le preguntó a
Botero si podría venderle al Museo una obra pagadera por cuotas, de la
misma manera como los almacenes de telas del centro de la ciudad lo hacían
con sus clientes. Y agregó con mucha gracia: “O mejor por club,a ver si
nos lo ganamos”. La propuesta originó risas entre los asistentes y una
respuesta inmediata y generosa de Fernando Botero.
Allí comenzó a concebirse una donación de obras que, 23 años después,
permitiría nombrar a Medellín como la Ciudad de Botero y señalaría a Colombia
como la cuna de uno de los grandes maestros del arte contemporáneo.
Fue así como llegó a Medellín un guacal, el primero, que contenía “La
Plegaria”, un óleo cargado de humor e ironía y con el cual Botero participó
en la Bienal de Arte de Coltejer, en 1970.
En un extremo del lienzo se ve al artista arrodillado en una devota acción
de súplica frente a la imagen de la Virgen, a quien le pide el milagro
de un premio; su figura está envuelta en simbólicas culebras, y al otro
extremo del cuadro, se ve un cartel a modo de ex voto, que agradece por
anticipado el favor recibido.
Con la llegada de la obra, Botero dijo una frase que habría de convertirse
en estribillo a lo largo de esta historia: “...Si remodelan el Museo,
si lo amplían, estoy dispuesto a regalar más obras a mi ciudad”.
La primera Sala
Ese mismo año y a raíz de la condecoración que el Gobierno Venezolano
le impuso a Botero, con ocasión de una retrospectiva de su obra, el periodista
Darío Arizmendi, por aquella época Jefe de Redacción del periódico El
Colombiano de Medellín, sostuvo una charla con el artista, quien estimó
en unas quinientas las obras ejecutadas por él hasta entonces, no todas
adquiridas, ya que había decidido guardar quince de ellas en una caja
fuerte en Nueva York, para su propia colección. “...o para...” agregó
con ademán de soñador; dos palabras que se perdieron en el aire, cortadas
por su propia risa nerviosa.
El periodista, inquisitivo, logró llevarlo otra vez del pensamiento:
a las palabras y Botero hablo entonces de regalar esas obras a su ciudad.
Aquello era apenas una idea, o como él mismo aclaró, “pensamientos
que se le pasan a uno por la cabeza”. Después de inaugurada la retrospectiva
en Caracas, dijo que no lo amargaba el hecho de ser condecorado por un
país extranjero antes que por el suyo y que le gustaría llevar la exposición
a Medellín, su ciudad natal, donde, paradójicamente, no se le conocía
de verdad. Una frase expresó la generosidad de su propuesta: “No cobro
nada y ningún cuadro esta para la venta”.
La frase se convirtió primero en reto y luego en convocatoria. Se creó
en Medellín un movimiento encabezado por Teresa Santamaría de González
y Teresa Peña de Arango, Presidenta de la Junta y Directora del Museo,
respectivamente, mientras Jorge Molina Moreno, por entonces presidente
de la Compañía Suramericana de Seguros, creaba un fondo de contribuciones
para financiar la traída de la muestra a Medellín. Sin embargo, otro futuro
tuvieron aquellas palabras.
Lo que comenzó como la organización de una exposición, se transformó,
gracias a la insistente promesa, en donación. Botero declaró que si el
Museo de Antioquía fuera remodelado y ampliado y si una de sus salas fuese
bautizada con el nombre de su hijo Pedrito, muerto trágicamente, estaría
dispuesto a donar a Medellín algunas de las quince obras que tenían
para él, no sólo un valor artístico, sino sentimental. Así pues, la idea
que el mismo Botero había considerado como “algo alocada”, se convirtió
en realidad , y e1 1de agosto de 1976, el artista vino a Medellín a confirmar
la donación de quince de sus obras más representativas, que quedarían
en aquella sala y guardarían, para siempre, la memoria de Pedrito
. La directora del Museo asumió aquello como una orden manifiesta y de
inmediato convocó al Alcalde de la ciudad, Víctor Cárdenas Jaramillo,
quien aceptó el desafío de remodelar el Museo, mediante una asignación
inicial de tres millones de pesos.
La firma Arquitectos S.A. donó los diseños y Bernal Llano Arquitectos
se encargó de la construcción, sin ningún cobro por concepto de honorarios.
Para conseguir el valor de lo presupuestado, los directivos de la institución
pensaron en todas las posibilidades, hasta en hipotecar el Museo al Banco
Industrial Colombiano, propuesta que confundió tanto a la Junta del Banco,
que optaron más bien por una donación en efectivo de trescientos mil pesos.
Crece la Donación
El 23 de septiembre de 1976 llegó el primer envío de pinturas, como
culminación de una verdadera odisea en la que nada fue fácil, ya que implicó
desde negociar con el Estado, los absurdos aranceles exigidos nada menos
que a un patrimonio artístico, de beneficio para la comunidad, hasta la
lucha para evitar que los guacales permanecieran en un patio, a la intemperie.
La empresa Avianca se hizo cargo del valor del flete, valorado en 23
mil pesos, y un grupo de compañías asumió el seguro de transporte. El
valor de las obras se estimó en diez millones de pesos. Durante varios
días, el propio Botero se enclaustró en su sala para colgar personalmente
las obras, en largas jornadas de trabajo, que interrumpía brevemente para
comer algo sencillo, que le traían de algún café vecino.
Quienes estuvieron a su lado, recuerdan que al anochecer bebía ron para
mitigar la fatiga del día.
El 16 de septiembre de 1977, el Museo de Arte de Medellín Francisco Antonio
Zea, fue reinaugurado con nuevas salas y auditorio.
El costo total de la remodelación fue de seis millones de pesos, de los
cuales el Municipio aportó tres y medio y la empresa privada el resto.
Y otra vez cobró vigencia el “estribillo”, pues al final del último logro,
quedaba en el aire aquella frase insistente que ofrecía la llegada de
más obras, condicionada a la ampliación de los espacios, proyecto orientado
hacia la expansión de la segunda planta y compra de los inmuebles vecinos,
idea que, más que proyecto, fue un sueño que nunca se realizó.
Durante la inauguración, Botero volvió a fantasear en voz alta cuando
dijo que estaría dispuesto a donar una sala de sus esculturas, siempre
y cuando al Museo le cambiaran el nombre por el de Antioquía. “Sería más
sonoro, estimularía a la raza antioqueña, sería más universal y cobijaría
todas las actividades y manifestaciones artísticas del Departamento”.
Como reacción típica en un país de leyes, la propuesta no tardó en desatar
una encendida polémica que se prolongó durante años y que involucró a
políticos, gobernantes, editorialistas, columnistas, intelectuales y ciudadanos
comunes; hasta Germán Zea Hernández, entonces Ministro de Gobierno, se
convirtió en encarnizad opositor.
Los amigos del apellido Zea se enfrentaron a los amigos del arte. El
debate se convirtió en asunto de Estado; nunca antes se había hablado
tanto del Museo, como en aquella ocasión, ni aun en las continuas crisis
que lo ponían al borde del cierre por la indiferencia de gobernantes y
ciudadanos. Resultaba irónico que en su afán de oponerse al cambio de
nombre, los detractores que decían defender la memoria del prócer Francisco
Antonio Zea, ignoraban el hecho de que la casa donde él nació, se caía
a pedazos, solitaria y abandonada, a escasos metros del Museo.
Quienes se afanaban por abrir el Museo al mundo del arte, insistían
en el cambio de nombre. Si la última sentencia se inclinaba por el apellido
del prócer, Antioquía perdería las esculturas y Bogotá ganaría la posibilidad
de un Museo Botero. “Todo depende de la sala que se construya en el Museo
de Antioquía. Si hay espacio suficiente, las veinte esculturas no tardarán
en llegar”.
De polémica a Sala de Esculturas
Mientras tanto, el 15 de noviembre de 1977, Botero mostró sus esculturas
por primera vez en el Grand Palais de París, lo que significaba comenzar
en el lugar en donde terminan los escultores consagrados. La singular
noticia aumentó el interés de muchos y se pensó, entonces, que ahora con
mayor razón había que complementar la Sala Pedrito Botero, con una sala
de esculturas.
Pero la promesa de donación no fue suficiente para obrar el milagro.
Vinieron siete años de polémicas, registradas en un voluminoso archivo
de prensa que da cuenta de la miopía de algunos y de la visión de otros.
Para entonces María Eugenia Villa era la Directora del Museo y, en consecuencia,
la encargada de dar la contienda. Luego tomó el mando Lucía Montoya, a
quien le tocó culminar el proceso.
Hoy resulta mucho más fácil para el cronista someter los sucesos de aquellos
años a la estrechez de unos pocos párrafos, que para los protagonistas
lograr semejante victoria, con lo cual estaban construyendo las bases
para el renacimiento de un gran Museo.
El 30 de agosto de 1984, un poco más de un siglo después de haber sido
fundada, se reabrió la institución con el nombre de Museo de Antioquía,
gracias al uso de plenas facultades de la Junta Directiva y una determinación
tomada contra todos los vientos; no obstante la decisión fue demandada
ante el Consejo de Estado, el fallo en favor del Museo dio paso a su extraordinaria
transformación.
La remodelación tuvo un costo de veinte millones de pesos y fue la Cooperativa
de Habitaciones, amparada en un decreto basado en aportes para las artes,
la que donó los diseños y se encargó de las obras civiles.
La noche de la inauguración de la nueva sala, Botero dijo: “Mi intención
con el cambio de nombre era conmover a los antioqueños con el espíritu
regional. Creo que el nombre es la base del éxito de algo. Por ahora,
lo más importante son los planes para ampliar el Museo...” Vuelve la frase
promesa a quedarse en el ambiente durante los siguientes doce años.
Quedó manifiesto el anhelo repetido verbalmente, una y otra vez, por
el Maestro Botero, en su generosa intención de dejar lo más representativo
de su acervo, más que al Museo de Antioquía, a su tierra y a su gente.
Voluntad política
En 1997, las directivas del Museo hicieron una valiente reflexión frente
al papel de la entidad, máxime cuando se acercaba un nuevo siglo y se
vivía uno de los momentos más difíciles de nuestra historia regional y
nacional.
Para entonces sólo se contaba con 1.150 metros cuadrados de área de exposición,
con capacidad para exhibir un 10% de las colecciones, mientras disminuía
el número de visitantes, cuya cifra, en 1996, fue de 33.000 personas,
equivalente a un 0.6% de la población de Antioquía y a un 0.3% de los
estudiantes de la región.
Los recursos humanos, técnicos y económicos eran insuficientes, fuera
de que mediante la Constitución Política de 1991, habían sido suprimidos
los auxilios, y el Museo no contaba con suficientes rentas estables que
aseguraran su sostenimiento.
La institución no sólo afrontaba un déficit financiero, sino que no
contaba con el presupuesto para continuar operando. El hecho de que la
entidad, anclada en el pasado, era insuficiente para una ciudad y un departamento
que crecían desmesuradamente, la obligaban a cambiar de manera integral,
ampliando sus espacios y garantizando los recursos para el cumplimiento
de su misión.
La determinación se le comunicó al Maestro Botero con la intención de
concretar su vieja y reiterada promesa. De inmediato Botero se comprometió
con la donación de tres nuevas salas, y un millón de dólares para ayudar
en la construcción o remodelación de una nueva sede.
Tampoco dudó cuando se le pidió que dejara escrita su promesa. Una carta
a mano alzada llegó por fax en cinco minutos. Mayo 23 de 1997 Gobernador
Álvaro Uribe Vélez Alcalde Sergio Naranjo Directora del Museo Pilar Velilla
a continuación de mi charla telefónica con Pílar Velílla, quiero decir
mis ideas relacionadas con el posible nuevo Museo de Antioquía, porque
Medellín necesita un gran museo que sea un atractivo acceso, campestre,
seguro, donde los jardines sean un atractivo más junto al arte.’
Un lugar de reposo y contemplación. Si el Municipio o la Gobernación
donaran un lote realmente importante en tamaño y en ubicación, se podría
construir un museo sobre los planos ganadores de un concurso arquitectónico.
Si este proyecto se inicia con el deseo de hacer algo realmente grande,
como lo merece la ciudad, yo estaría dispuesto a hacer una donación de
una nueva sala de pintura, otra de escultura y una de dibujo y contribuiría
con un millón de dólares, al presupuesto de la construcción del edificio.
Cualquier otra idea de cómo mejorar el Museo contará también con alguna
colaboración de mi parte. Atentamente, FERNANDO BOTERO De allí en adelante
el tema de una nueva sede para el Museo desató una viva discusión apoyada
por los medios de comunicación.
Se pensó en un gran proyecto y se estudiaron alrededor de veinte posibilidades
de sede. El Gobernador Álvaro Uribe Vélez propuso varios edificios y una
de sus ideas fue convertir las once cuadras de la Fábrica de Licores de
Antioquía en un parque cultural; el Alcalde Sergio Naranjo se inclinó,
entre otras propuestas, por el antiguo Palacio Municipal.
En medio de múltiples debates suscitados en escenarios políticos, académicos
y privados, el Museo volvió a estar en boca de todos, como indicio prometedor
de su renacimiento. Corría el último semestre de los gobiernos departamental
y municipal, época poco propicia para iniciar grandes proyectos, máxime
cuando ya se estaba en pleno debate de campañas políticas.
El tema sirvió a los candidatos para el discurso demagógico, el ataque
gratuito o el compromiso real. Juan Gómez Martínez, quien buscaba por
segunda vez la Alcaldía de Medellín; incluyó el cambio de sede del Museo
en su programa electoral. El 1ro. de enero de 1998 se posesionó como Alcalde
de Medellín y, desde las primeras semanas de su gobierno, se comenzó a
estudiar el proyecto.
Zoraida Gaviria, Directora de Planeación, cumplió con el deseo del Alcalde
de convertir el cambio de sede del Museo en un revitalizador del centro
de Medellín, como uno de los empeños de su plan de desarrollo de la ciudad.
Después de seis meses de conversaciones y propuestas, aún no se llegaba
a una decisión y fue entonces cuando el Alcalde de Bogotá, Enrique Peñalosa,
propuso a Botero construir un museo destinado exclusivamente para sus
obras.
El artista, agradecido, decidió entregarle a esa ciudad, en cabeza del
Banco de la República, 190 obras suyas y de artistas internacionales que
componían su colección privada. La noticia levantó revuelo y fueron muchos
los que llegaron a pensar que Botero le quitaría a Medellín su donación,
cosa que jamás ocurrió, pues el artista se sostuvo en su promesa y, contrario
a lo que se pensó, aumentó en varias ocasiones el número de obras.
En ese momento el Alcalde Gómez Martínez tomó la determinación de comprar
el antiguo Palacio Municipal y el parqueadero a las Empresas Públicas
de Medellín, entidad que apoyó y facilitó el proceso, al disponer de inmediato
la venta del edificio y la evacuación del 60% de su capacidad, para dar
paso a la histórica renovación arquitectónica.
Paralelamente se iniciaron procesos de compra y demolición de los inmuebles
vecinos, para la construcción de la Plaza Botero, un espacio de 7.000
metros cuadrados, y ubicar en él 14 esculturas monumentales de Fernando
Botero.
La idea general tomó su nombre técnico: “Proyecto de intervención urbana
de la zona de la Veracruz y reubicación del Museo de Antioquía”, con el
arquitecto Tulio Gómez Tapias como gerente y la Promotora Inmobiliaria
de Medellín, como entidad encargada de la negociación de los inmuebles,
de la renovación arquitectónica del Museo y de la construcción de la Plaza.
Comenzó un histórico momento para la ciudad. El Alcalde y sus funcionarios
no ahorraron esfuerzo para culminar un proceso que planteó varias dificultades
desde muy diversos ángulos. Buena parte de los ciudadanos miraron, entre
emocionados y perplejos, la desaparición de antiguas edificaciones, situación
que coincidió con el arribo de los guacales con su maravilloso contenido
de obras de arte.
Dos enemigos: la ignorancia de un lado, y el límite de tiempo del otro,
parecían conspirar cada uno a su manera, el primero impidiendo la comprensión
cabal de los objetivos sociales del proyecto, y el segundo obligando a
comprimir un programa de estas dimensiones, en escasos e insuficientes
18 meses.
Al mismo tiempo, la empresa privada hizo suya.la renovación del Museo.
Bancolombia lanzó una campaña de educación. colectiva frente al Museo,
como presencia real, mientras una cantidad de empresas precedidas por
Suramericana de Seguros y Avianca, hicieron posible la llegada de la donación
a Colombia, y otras más adoptaron espacios y salas, completando así el
presupuesto necesario para su amoblamiento.
Esta es la breve historia de cómo revivió un museo en medio de una ciudad
aporreada por la violencia irracional. La zona a su alrededor floreció,
y construcciones ruinosas cedieron su lugar a una plaza poblada de esculturas.
El Museo creció para llenar sus nuevos espacios de niños fascinados ante
su propia y desconocida historia, y de adultos que habrán de descubrir
un mundo de sensaciones que hasta ahora les han sido negadas.
Fernando Botero ha seguido con devoción cada paso de este itinerario,
interviniendo en los diseños, orientando la museografía, disfrutando con
un goce casi infantil cada uno de los avances.
“Estoy tan contento que les voy a quedar debiendo”, dijo el día en que
el pueblo antioqueño le expresó su cariño y su gratitud limpia y espontánea.
Era el mismo joven que un día de 1951 salió de su casa, llevando la ciudad
en su corazón.
Lo que no imaginaba entonces era que un día regresaría,
cubierto de gloria, a dejarle este legado que la enaltece y la dignifica.
En algún lugar del universo, Flora Angulo sabe que no le falló su intuición
materna.
PILAR VELILLA MORENO
Directora Museo de Antioquía
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