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¿Dijo Colonización?

¿Dijo usted colonización?

(primera parte)

Víctor Hugo Quintanilla Coro

¿Es la colonización –en el sentido más amplio de la palabra- un problema en el actual proceso histórico-social? La respuesta más obvia sería que sí, especialmente si recordamos el discurso de los oprimidos que, a la sazón, ahora ocupan paradójicamente una posición institucionalmente hegemónica (el gobierno). Pero al responder de esta manera también se estaría aceptando y legitimando, por ello, que efectivamente existen los colonizados y los colonizadores, mucho más allá de que ellos -los colonizados y colonizadores- se sepan como tales o no. Esto ya involucra una eticidad negativa para quienes dividen el mundo en contradicciones tan esquemáticas (léase reductivas) como “q¢ara” vs. indígena. La eticidad negativa está en que se habla sobre y por “otros”, asignando una identidad -¿o deberíamos decir estigma?- para precisamente justificar otra identidad, otro estigma, en fin, una política simplemente contraria y reaccionaria.

Sin embargo el problema no termina ahí, porque la primera pregunta implica otra: ¿Para quién o quiénes es la colonización un problema? El asunto, aquí, ya cobra ribetes sumamente complejos, porque unos responderían -ingenuamente quizás- que la colonización es un problema para los colonizados, pero si ellos están precisamente colonizados, es decir, dominados, ¿qué o quién les permitiría plantear su misma condición como un problema a tratar frente a los colonizadores o frente a ellos mismos?[1] La otra respuesta, al parecer menos paradójica, es que la colonización es un problema para los colonizadores. El argumento es muy simple: son ellos –tal vez nosotros- quienes poseen condiciones de posibilidad suficientes para darse un problema a tratar, es decir, para formular el tema de la colonización y asumirla desde diferentes perspectivas y con ello tener un “buen” pretexto para producir un discurso desde la situación de poder en que se localizan. Empero, si es así, ¿acaso ello no es lo mismo que el hecho, por demás evidenciado en ciertos momentos de la historia, de que son los amos quienes pueden hablar acerca de la esclavitud de sus esclavos y no estos mismos sobre su condición? Si fuera así, si fueran los amos, o quienes tienen poder político, los interesados en hablar sobre los efectos de su condición hegemónica, que es la colonización o dominio de otros, ¿no es sospecho que lo hagan a sabiendas de que eso implica simultáneamente auto-cuestionarse? Avanzando un poco más, ¿acaso cuando un presidente o un gobierno (situación de poder institucional) aborda el asunto de la colonización se está cuestionando a sí mismo? No, pues el poder que se tiene para hablar sobre el tema significa que más bien se está reforzando la diferencia abismal entre quienes sí pueden hacerlo (colonizadores) y quienes no pueden hacerlo (colonizados). Esto querría decir que quién dispone del poder de la palabra no está colonizado y quien no posee esta facultad sí lo está. Mas, ¿puede el concepto de colonización simplemente reducirse al hecho de poder o no poder hablar sobre esa condición? Otra vez la disyuntiva: unos dirán que sí y otros que no, pero entonces, ¿qué deberíamos comprender por colonización? Otra pregunta: ¿acaso el mismo hecho de plantear la colonización o dominación como un problema que se debe resolver o tratar no nos hace caer en una contradicción performativa? ¿Cómo sortear el peligro de que el mismo acto de hablar sobre la colonización siendo colonizadores puede suponer nuestra propia destrucción, nuestra propia crisis de sujetos discursivos? Lo contrario no es posible, porque si el esclavo o “los oprimidos, pero no vencidos” pudieran hablar sobre su segregación, el mismo hecho de poder hacerlo cancelaría su condición. Otro tanto con el colonizado. Y todo esto va mucho más allá de las dos inocentes posturas posmodernas de que el colonizado o subalterno puede o no puede hablar.[2] Unos apuestan a que el dominado puede hablar, o sea, descolonizarse, y otros a que no puede hablar, es decir, liberarse, en el más amplio sentido del término liberación. Nos referimos como inocentes posturas a estos locus, porque si el subalterno, dominado o colonizado, puede hablar es porque el mismo sistema social del colonizador o dominador lo permite. Empero si no puede hacerlo, ello se debe a que al sistema social donde se encuentra el dominado no le interesa que éste pueda referirse a su propia situación. Eso quiere decir que si en un contexto de diversidad cultural como el nuestro los llamados subalternos, dominados o marginados de pronto pueden hablar o descolonizarse es porque el mismo sistema social ha hecho posible ello, pero naturalmente no para suicidarse o cancelarse como parte del devenir histórico-social, sino más bien para prolongarse, redefinirse, mas siempre en la misma dirección y con el mismo sentido: “capitalizar” el discurso de los colonizados y a ellos mismos para acentuar más el poder de los colonizadores, o sea, de quienes precisamente pueden hablar colonialmente sobre los ya colonizados y acentuar, de ese modo, su identidad. Esto puede terminar con la siguiente parábola: había una vez un amo y un esclavo. Un día al amo le dieron ganas de hablar sobre el esclavo. Escribió un texto y lo publicó para que otros amos leyeran lo que él pensaba acerca de los esclavos. Pero un día, un esclavo se enojó de todo lo que decían acerca de él en los libros de otros tantos amos que habían escrito sobre los esclavos y hecho famosos a través de ello. El esclavo expresó su opinión, dijo su verdad –comenzó a liberarse-, pero ni bien lo hizo, los amos se identificaron con el discurso del esclavo y escribieron otros tanto libros sobre el discurso de los esclavos, unos para apoyarlo y ver en las palabras del esclavo vetas de originalidad, otros para burlarse de sus ideas y tener algún pretexto para reír en reuniones de amigos que, a la vez, buscaban hacer algo por los pobres esclavos (léase dominados, subalternos, colonizados o indígenas), cosas como pensar intelectualmente por ellos, ya que ellos no quieren o no pueden hacerlo, pues están concentrados en sobrevivir a su condición de colonizados.

¿No hay en la actitud de los amos una subrepticia tendencia a darse siempre protagonismo, al “descubrir” un tema que considerar para poder asistir a eventos organizados precisamente por otros dominadores?[3]

[1] Para ilustrar un poco más esto, basta recordar la explicación que Hegel vierte sobre la relación amo-esclavo. Ver G. W. F. Hegel: Fenomenología del espíritu. México: Fondo de Cultura Económica, 1966, pp. 117-121.

[2] Aludo al debate entre Spivak y Beverley. Ver: Spivak, Gayatri. "Can the Subaltern Speak?", en: Williams, Patrick / Chrisman Laura. (eds.) Colonial Discourse and Postcolonial Theory. New York: Columbia University Press 1994, 66-111. Beverley, John. "¿Posliteratura? Sujeto subalterno e impasse de las humanidades", en: González Stephan, Beatriz (ed.), Cultura y Tercer Mundo (tomo I: "Cambios en el saber académico"). Caracas: Nueva Sociedad 1996, 137-166.

[3] Mi alusión está dirigida al CEBIAE y su interés por invitar a ciertos “intelectuales” (léase amos) para hablar sobre los “ex-esclavos (léase, dominados muy resentidos), con el temor de que ahora ellos sean reducidos a esclavos.

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