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De cómo se derrumba un imperio
El mismo día que
Cristóbal Colón partió del puerto de Palos, el 3 de agosto de 1492, vencía
el plazo para que los judíos de España abandonaran su país, España. En la
mente del almirante habían al menos dos poderosos objetivos, dos verdades
irrefutables: las riquezas materiales de Asia y la religión perfecta de
Europa. Con el primero pensaba financiar la reconquista de Jerusalén; con lo
segundo debía legitimar el despojo. La palabra “oro” desbordó de su pluma
como el divino y sangriento metal desbordó de las barcas de los
conquistadores que le siguieron. Ese mismo año, el 2 de enero de 1492, había
caído Granada, el último bastión árabe en la península. 1492 también fue el
año de la publicación de la primar gramática castellana (la primera europea
en lengua “vulgar”). Según su autor, Antonio de Nebrija, la lengua era la
“compañera del imperio”. Inmediatamente, la nueva potencia continuó la
Reconquista con la Conquista, al otro lado del Atlántico, con los mismos
métodos y las mismas convicciones, confirmando la vocación globalizadora de
todo imperio. En el centro del poder debía haber una lengua, una religión y
una raza. El futuro nacionalismo español se construía así en base a la
limpieza de la memoria. Es cierto que ocho siglos atrás judíos y visigodos
arrianos habían llamado y luego ayudado a los musulmanes para que
reemplazaran a Roderico y los demás reyes visigodos que habían pugnado por
la misma purificación. Pero ésta no era la razón principal del desprecio,
porque no era la memoria lo que importaba sino el olvido. Los reyes
católicos y los sucesivos reyes divinos terminaron (o quisieron terminar)
con la otra España, la España mestiza, multicultural, la España donde se
hablaban varias lenguas y se practicaban varios cultos y se mezclaban varias
razas. La España que había sido el centro de la cultura, de las artes y de
las ciencias, en una Europa sumergida en el atraso, en violentas
supersticiones y en el provincianismo de la Edad Media. Progresivamente la
península fue cerrando sus fronteras a los diferentes. Moros y judíos
debieron abandonar su país y emigrar a Barbaria (África) o al resto de
Europa, donde se integraron a las naciones periféricas que surgían con
nuevas inquietudes sociales, económicas e intelectuales. (1)
Dentro de fronteras quedaron algunos hijos ilegítimos, esclavos africanos
que casi no se mencionan en la historia más conocida pero que eran
necesarios para las indignas tareas domésticas. La nueva y exitosa España se
encerró en un movimiento conservador (si se me permite el oximoron). El
estado y la religión se unieron estratégicamente para el mejor control de su
pueblo en un proceso esquizofrénico de depuración. Algunos disidentes como
Bartolomé de las Casas debieron enfrentarse en juicio público ante aquellos
que, como Ginés de Sepúlveda, argumentaban que el imperio tenía derecho a
intervenir y a dominar el nuevo continente porque estaba escrito en la
Biblia (Proverbios 11:29) que “el necio será siervo del sabio de corazón”.
Los otros, los sometidos lo son por su “torpeza de entendimiento y
costumbres inhumanas y bárbaras”. El discurso del famoso e influyente
teólogo, sensato como todo discurso oficial, proclamaba: “[los nativos] son
las gentes bárbaras e inhumanas, ajenas a la vida civil y a las costumbres
pacíficas, y será siempre justo y conforme al derecho natural que tales
gentes se sometan al imperio de príncipe y naciones más cultas y humanas,
para que merced a sus virtudes y a la prudencia de sus leyes, depongan la
barbarie y se reduzcan a vida más humana y al culto de la virtud”. Y en otro
momento: “[se debe] someter con las armas, si por otro camino no es posible,
a aquellos que por condición natural deben obedecer a otros y rehusar su
imperio”. Por entonces no se recurría a las palabras “democracia” y
“libertad” porque hasta el siglo XIX permanecieron en España como atributos
del caos humanista, de la anarquía y del demonio. Pero cada poder imperial
en cada momento de la historia juega el mismo juego con distintas cartas.
Algunas, como se ve, no tan distintas.
A pesar de una
primera reacción compasiva del rey Carlos V y de las Leyes Nuevas que
prohibían la esclavitud de los nativos americanos (los africanos no entraban
como sujetos de derecho), el imperio, a través de sus encomenderos, continuó
esclavizando y exterminando estos pueblos “ajenos a la vida pacífica” en
nombre de la salvación y la humanización. Para acabar con los horribles
rituales aztecas que cada tanto sacrificaban una víctima inocente a sus
dioses paganos, el imperio torturó, violó y asesinó en masa, en nombre de la
ley y del Dios único, verdadero. Según Fray de las Casas, uno de los métodos
de persuasión era extender a los salvajes sobre una parrilla y asarlos
vivos. Pero no sólo la tortura —física y moral— y los trabajos forzados
desolaron tierras que alguna vez estuvieron habitadas por millares de
personas; también se emplearon armas de destrucción masiva, más
concretamente armas biológicas. La gripe y la viruela diezmaron poblaciones
enteras de forma involuntaria unas veces y mediante un preciso cálculo
otras. Como habían descubierto los ingleses al norte, el envío de regalos
contaminados unas veces, como ropas de enfermos, o el lanzamiento de
cadáveres pestilentes tenía efectos más devastadores que la artillería
pesada.
Ahora, ¿quién
derrotó a uno de los más grandes imperios de la historia, como lo fue el
español? España. Mientras una mentalidad conservadora, que cruzaba todas las
clases sociales, se aferraba a la creencia de su destino divino, de “brazo
armado de Dios” (según Menéndez Pidal), el imperio se hundía en su propio
pasado. Su sociedad se fracturaba y la brecha que separaba a ricos de pobres
aumentaba al mismo tiempo que el imperio se aseguraba los recursos minerales
que le permitían funcionar. Los pobres aumentaron en número y los ricos
aumentaron en riquezas que acumulaban en nombre de Dios y de la patria. El
imperio debía financiar las guerras que mantenía más allá de sus fronteras y
el déficit fiscal crecía hasta hacerse un monstruo difícil de dominar. Los
recortes de impuestos beneficiaron principalmente a las clases altas, al
extremo de que muchas veces ni siquiera estaban obligados a pagarlos o
estaban eximidos de ir a prisión por sus deudas y desfalcos. El estado
quebró varias veces. Tampoco la inagotable fuente de recursos minerales que
procedía de sus colonias, beneficiarias de la iluminación del Evangelio, era
suficiente: el gobierno gastaba más de lo que recibía de estas tierras
intervenidas, por lo que debía recurrir a los bancos italianos.
De esta forma,
cuando muchos países de América (la hoy llamada América Latina) se
independizaron, ya no quedaba del imperio más que su terrible fama. Fray
Servando Teresa de Mier escribía en 1820 que si México no se había
independizado aún era por ignorancia de la gente, que no alcanzaba a
entender que el imperio español ya no era un imperio, sino el rincón más
pobre de Europa. Un nuevo imperio se consolidaba, el británico. Como los
anteriores y como los que vendrán, la extensión de su idioma y el predominio
de su cultura será entonces un factor común. Otros serán la publicidad:
Inglaterra enseguida echó mano a las crónicas de Fray de las Casas para
difamar al viejo imperio en nombre de una moral superior. Moral que no
impidió crímenes y violaciones del mismo género. Pero claro, lo que valen
son las buenas intenciones: el bien, la paz, la libertad, el progreso —y
Dios, cuya omnipresencia se demuestra con Su presencia en todos los
discursos.
El racismo, la
discriminación, el cierre de fronteras, el mecianismo religioso, las guerras
por la paz, los grandes déficits fiscales para financiarlas, el
conservadurismo radical perdieron al imperio. Pero todos estos pecados se
resumen en uno: la soberbia, porque es ésta la que le impide a una
potencia mundial poder ver todos los pecados anteriores. O se los permite
ver, pero como si fueran grandes virtudes.
Jorge Majfud
The
University of Georgia, febrero 2006
(1)
Comúnmente se dice que el Renacimiento comenzó con la
caída de Constantinopla y la emigración de los intelectuales griegos a
Italia, pero poco o nada se dice de la emigración de capitales y de
conocimientos que fueron forzados a abandonar España.
Jorge
Majfud.
Escritor uruguayo (1969). Estudió arquitectura graduándose en la Universidad
de la República del Uruguay. En la actualidad se dedica íntegramente a la
literatura y a sus artículos en diferentes medios de comunicación. Ensaña
Literatura Latinoamericana en The University of Georgia, Estados Unidos. Ha
publicado Hacia qué patrias del silencio (novela, 1996), Crítica
de la pasión pura (ensayos 1998), La reina de América (novela.
2001), El tiempo que me tocó vivir (ensayos, 2004). Es colaborador
de La República, La
Vanguardia, Rebelion, Resource Center of The Americas,
Revista Iberoamericana, Eco Latino, Centre des Médias
Alternatifs du Québec, etc. Es miembro del Comité Científico de la
revista Araucaria de España. Sus ensayos y artículos han sido
traducidas al inglés, francés, portugués y alemán.
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Jorge
Majfud
Department of Romance
Languages
Gilbert
Hall, office # 317, tel. (706) 542 3777
The University of Georgia,
Athens, GA, 30602, USA
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