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Así
como la Patria convocó en el siglo XIX a Belgrano, a San
Martín y a otros, en el siglo XX a Irigoyen, a Perón
entre otros, en este siglo la Patria convoca a los
Docentes. Porque corre el riesgo de ser sometida por la
peor de las miserias, “la miseria espiritual” Esta
es la HORA DE LOS DOCENTES, porque el docente es la
reserva moral del pueblo, porque es la garantía de la
confirmación del ser nacional. No
hay destino digno sin cultura nacional, no hay cultura
nacional sin valores, ROL DOCENTE EN EL TERCER MILENIO Se
ha llegado a discutir muchas veces entre los más
encumbrados pedagogos, y se seguirá discutiendo, si enseñar
es un arte o una ciencia. Asunto difícil, diremos, de
establecer de forma categórica, porque en ella uno
utiliza todos los conocimientos que la “Ciencia de la
Educación” nos provee, pero también, utilizamos los
conocimientos que nos da la vida, que al fin de cuentas,
resulta ser la más grande de todos las ciencias. Sin
embargo, es indudable que enseñar es un arte, que
utiliza, como todas las artes, conocimientos científicos
cristalizados en leyes. Ahora bien, si en lugar de arte
fuese ciencia, ya existiría alguna fórmula para crear
una obra de arte como las que hicieron los grandes
educadores de la humanidad. Además, a nadie se le hubiera
ocurrido semejante transformación de la “formación
docente” en particular y del Sistema Educativo en
general, en Argentina y en el mundo entero, porque no habría
motivo alguno que la justificara. Sin
temor a equivocarnos, podemos afirmar, que no existe una
ciencia que capacite al hombre para realizar esta clase de
trabajo. Y, si dudamos de esta afirmación, observemos a
nuestro alrededor, preguntándonos: ¿Todos los docentes
logran el mismo éxito en circunstancias semejantes? La
respuesta es una verdad de perogrullo. No, no todos los
docentes logran éxitos semejantes en circunstancias
semejantes. Pero, además, solemos escuchar que nuestros
colegas se quejan del grupo que ese año les ha tocado y,
generalmente, la culpa es de los alumnos; que no quieren
estudiar, que son indisciplinados, etc... Todas las quejas
intentan justificar, en el fondo, el fracaso del
profesional. Por lo tanto, no existen ni fórmulas ni
recetas que capaciten al hombre para enseñar, es decir:
señalar el camino que conduce a la autoeducación en el
marco del proceso de personalización. La
ciencia difiere del arte, porque se rige por leyes, las
cuales establecen que a las mismas causas corresponden los
mismos efectos. El arte, en cambio, es una cosa distinta,
no tiene reglas fijas ni leyes, sino que se rige por
principios: grandes principios que se enuncian de una
misma manera, pero que se aplican de infinitos modos y
formas. Vale decir: que nada nos da la posesión de un
arte, de un principio como cierto, sino que mediante la
transformación que el criterio y la capacidad del docente
hacen en su aplicación en cada caso concreto; porque las
mismas causas, en la enseñanza, no producen los mismos
efectos. Intervienen los hombres, el contexto
sociocultural, el contexto institucional y los hechos
educativos, y aún en casos similares, a iguales causas no
se obtienen los mismos efectos, porque cambian los hombres
y cambian los factores que juegan en la enseñanza. En
este sentido, podemos reflexionar sobre nuestra práctica
profesional: ¿Alguna vez, en nuestra práctica
profesional, vivimos experiencias idénticas? De
manera, que enseñar es un arte “sui generis”. Es
distinto de todos los demás, Es un arte, porque presupone
permanente creación. Enseñar sin espíritu creador
conduce inexorablemente al fracaso. Y, es permanente
creación porque los hechos educativos no se repiten, al
igual que para todos los docentes cada año lectivo es una
nueva experiencia, porque nunca es idéntico al anterior.
Porque cambian los factores que intervienen en el hecho
educativo, por lo tanto, jamás se puede repetir la misma
experiencia educativa. Por
ello, la habilidad del docente está en percibir la
realidad educativa áulica tal cual se presenta, del mismo
modo la institucional, la del medio sosiocultural[i].
Es decir: captar con la mayor justeza cada uno de los
factores que intervienen, de modo directo o indirecto, en
su verdadero valor, sin equivocar ninguno de los
coeficientes intervinientes, que con distinta importancia
escalonan las formas principales y las formas secundarias
del hecho educativo. Captada
la realidad educativa en su totalidad, analizada con
criterio educativo, y comprendida con espíritu objetivo y
real, le permitirá al docente penetrarla para operar en
ella con eficiencia y eficacia. La formación docente debe
responder a la doble finalidad de conocer, analizar y
comprender la realidad educativa en sus múltiples
determinaciones: abarcar en los máximos niveles de
profundidad posibles, las dimensiones de la persona, y
elaborar un rol docente que constituya una alternativa de
intervención en dicha realidad mediante el diseño,
puesta en práctica, evaluación y reelaboración de
estrategias adecuadas[ii]
para la enseñanza de contenidos a sujetos específicos en
contextos determinados[iii]. La
tarea de enseñar, naturalmente, se produce en la
personalidad del docente. Es algo tan extraordinario, que
sólo la pueden paladear los que ejercen la docencia. Analógicamente,
como lo que sucede con los organismos fisiológicos, que
ingiriendo sustancias distintas,
pueden producir reacciones y efectos similares;
cada alumno es una persona idéntica a sí misma,
indivisible, única, inmanente y trascendente al mismo
tiempo, con un bagaje cultural particular que lo hace
irrepetible en el tiempo y en el espacio, por lo tanto,
distinto a los demás pero, cuando el docente acompaña a
todos y cada uno de sus alumnos en el proceso de apropiación
y construcción de saberes posibilita que, sus alumnos
alcancen un aprendizaje similar con resultados similares.
Esto es maravilloso; enseñar para que cada alumno día a
día construya su propio saber, que fortalecerá su
proceso de personalización con una dinámica constante de
descubrimiento, conquista y posesión de sí mismo. No
hay tarea más excelsa que la de enseñar. El docente le
enseña a pescar a sus alumnos, pero no le da el pescado.
Señala el camino de la autoeducación que alienta la
realización de la personalidad. Enseñar
es un arte simple y todo de ejecución. Simple para el que
posee las cualidades y calidades para ejercer la docencia
y difícil para el que no las posee, pero que puede
adquirir realmente. Es un arte todo de ejecución porque se basa en la práctica, entendiendo a la práctica en el marco de la formación docente continua, es decir: “la formación docente, además de las habilidades, actitudes y destrezas deberá dotar al sujeto de múltiples saberes. Estos saberes deberán permitirle a los docentes: conocer, analizar y comprender la realidad educativa en sus múltiples determinaciones, comprender en los distintos niveles de profundidad posibles, las complejas dimensiones de la persona para el desarrollo de la formación integral del alumno, asumir
en la construcción un rol docente que actúe en dicha
realidad mediante el diseño, puesta en práctica,
evaluación y reelaboración de estrategias adecuadas para
el desarrollo integral de la personalidad a través de la
promoción del aprendizaje de saberes, habilidades y
actitudes, de educandos específicos en contextos
determinados. Se
afirma que sólo tomando a la práctica como eje, podrá
construirse un currículum que posibilite la comunicación
de estos saberes[iv].
Aquí el término práctica esta designando dos cuestiones
diferentes: por un lado, “práctica” equivale aquí a
la realidad educativa actual; incluso las prácticas
reales y efectivas de los docentes en ejercicio, pero no
se agota en ellas. En este sentido, cuando decimos que el
currículum debe tomar la práctica como eje, estamos
diciendo que la realidad educativa actual
- incluyendo las prácticas reales y efectivas de
los docentes - deberá
ser objeto de estudio, de modo que el sujeto pueda conocer
la realidad educativa, analizarla y comprenderla en sus múltiples
determinaciones, en los máximos niveles de profundidad
posibles. Por
otro lado, práctica designa específicamente la tarea del
docente, tal como fuera definida anteriormente, En este
sentido, cuando decimos que el currículum debe tomar la
práctica como eje, estamos diciendo que el rol docente,
definido en los términos en que lo hemos hecho, debe ser
objeto de un trabajo de construcción. Esta
distinción entre los dos usos del término práctica nos
ha permitido explicar que la formación de maestros y
profesores reúne dos finalidades complementarias
(conocer, analizar y comprender la realidad por un lado, e
intervenir en ella por el otro), cada una de ellas atiende
a uno de los dos sentidos que le damos al término práctica.
Sin embargo, es necesario retener que ambas finalidades
son complementarias e indisociables si lo que se quiere es
capacitar a los sujetos para que construyan y fortalezcan
su capacidad de decisión frente a las necesidades que
plantea la compleja práctica educativa. De
alguna manera, los saberes que deberán dar respuesta a
ambas finalidades admiten la distinción entre saberes
explicativo-descriptivos y normativo-prescriptivos. Sin
proponer correspondencias estrictas, parece claro que los
saberes explicativo-descriptivos son susceptibles de
relaciones fácilmente con la equivalencia “práctica”
igual “realidad escolar”, mientras que los saberes
normativo-prescriptivos parecen relacionarse claramente
con la equivalencia “práctica” igual “rol
docente”. Retener esta distinción es útil a fin de: evitar
deducir a partir de las explicaciones prescriptivas
directas para la acción, evitar
reducir la construcción de la intervención educativa al
entrenamiento en un listado de recetas eficaces, tener
presente toda la gama de saberes que debe cubrir la
formación. De
cualquier modo, la distinción entre tipos de saberes no
debe extremarse: es una distinción útil con fines analíticos,
según hemos puntualizado arriba, pero en realidad la
comprensión de la situación y la prescripción para la
acción no son escindibles. En efecto, cuando se explica
la realidad se escogen determinadas dimensiones para su análisis
que orientan el marco para la toma de decisiones. Por otro
lado, el proceso mismo de decisiones se realiza en buena
medida en función de los elementos de explicación y
comprensión de la realidad sobre la cual se debe actuar. Desde
esta perspectiva, tanto la comprensión como la prescripción
pueden empobrecerse si se lleva su distinción al extremo,
puesto que el análisis de los efectos de la intervención
enriquece no sólo la propia intervención sino también
la comprensión misma de la realidad, y todo
enriquecimiento en la comprensión de la realidad permite
reformular la intervención. El
docente indudablemente nace, pero también puede crearse y
perfeccionarse. De esto, se puede hablar en sentido analítico
y en sentido filosófico días enteros. Pero, no es
nuestra finalidad extendernos en conocimientos abstractos
que no conducen a nada constructivo sobre lo que es y debe
ser el docente, sino simplemente queremos señalar algunos
de los conocimientos que necesariamente debe poseer para
ser más sabio en cada una de las ocasiones en que deba
intervenir. Por principio, el docente, no es solamente un
captador de realidades, y que desde ella elabora éxitos o
fracasos educativos. Quién
proceda con un criterio más o menos formal para
cristalizar sistemas, para establecer métodos didácticos,
para crear recetas para enseñar, se equivoca[v].
Como se equivocaron los teóricos de la educación, que en
la creencia de que por repetir teóricamente la mayor
cantidad de conceptos, evaluados con rigor académico, se
educaba al alumno. Pero, del mismo modo, se equivocaron
los que psicologizaron la educación, transformando el
aula en un “cuasi-gabinete psicológico”[vi],
porque caen indefectiblemente en reduccionismos que, en
definitiva provocan mayor confusión, ineficacia
educativa, desprestigio social y profesional, intrusismos
oportunistas, definiciones poco precisas, problemas mal
planteados, que concluyen en el fracaso escolar, toda vez
que, el docente se desgasta anímicamente por aportar
esfuerzos de todo tipo, que en definitiva, resultan inútiles. Es
decir que: ni el rigorismo pedagógico[vii],
ni el laxismo académico[viii],
educan. Ambas producen inexorablemente el fracaso escolar.
Y, para demostrar esta afirmación, no hacen falta
argumentos pedagógicos, que los hay y de sobra, sólo es
suficiente con observar la realidad social como producto
de esas corrientes pedagógicas reduccionistas de la
realidad educativa, que no hacen más que corromperla.
Entonces, ese producto flor y nata de una enseñanza
deteriorada, no puede ser más que un fruto corrupto. Pero
de ello, somos todos responsables, unos por acción y los
docentes por omisión. Por
lo tanto, si fuese posible enseñar con sentido esquemático
o con sentido dinámico, mediante sistemas preestablecidos
o recetas didácticas, al alcance de todos, sería una
actividad muy fácil y hoy gozaríamos de una sociedad
educada, altamente instruida, con actitudes
personalizantes y con procedimientos claros y
transparentes orientados a la construcción del bien común.
La realidad nos indica que esto, todavía, es un ideal por
alcanzar y, por el cual, vale la pena aportar
todo el esfuerzo y sacrificio que contribuya para
su logro. Por
lo dicho se deduce que no es fácil enseñar, es una
actividad verdaderamente difícil, precisamente, porque la
principalísima exigencia para producir una eficaz enseñanza
es crear y, hasta ahora, lo que más le cuesta al hombre
es producir “cosas”[ix]
desde la creación. Tenemos mucho hecho en el mundo, pero
poco creado. Y lo medular de la tarea del docente es
crear. Crear siempre. Estar siempre dispuesto a crear. En
la enseñanza, deben tenerse presente dos partes
fundamentales que, no deben olvidarse, porque la componen
esencialmente: por un lado, la parte vital del arte de
enseñar, que es el docente y, por el otro, la parte
inerte, que comprende toda la teoría del arte y su técnica. La
teoría y su técnica pueden ser aprendida por cualquiera,
por cualquiera que se lo proponga y cuente por lo menos
con las capacidades intelectuales mínimas que se
necesitan para cualquier actividad intelectual. Pero no
por haber aprendido la teoría y su técnica se está en
condiciones de enseñar, el que así lo crea se equivoca,
porque lo que realizará efectivamente es cientificismo o
tecnicismo, que no enseñan, sino que corrompen, lo que ya
he señalado suficientemente. Enseñar, es mucho más que
manejar algunos secretos de la enseñanza aportados por la
ciencia y la técnica, porque hay un secreto superior, que
estos campos del saber no pueden aportar, sólo se puede
llegar a través de la intuición, que le permite al
docente captar las pequeñas cosas que para el científico
o el técnico pasan desapercibidas. Estas pequeñas cosas
del hecho educativo inmerso en un contexto sociocultural,
mueven la capacidad de crear. Algunos docentes la poseen
desde el vientre materno, otros la adquieren, pero la
alcanzan en distinta medida. Uno
de los grandes errores de los hombres dedicados a la
docencia es considerar, que enseñar es sólo una cuestión
de técnicas pedagógicas, adquiridas memorística y mecánicamente
y aplicadas esquemáticamente. Grave error, porque el
docente debe comprender críticamente la realidad del
aula, la realidad institucional, la realidad
sociocultural-contextual, que es la que le da sentido a la
existencia institucional y, finalmente, la realidad
sociocultural global que explica la realidad
sociocultural-contextual[x]. Por
ello, cuando elaboramos un proyecto áulico, debemos
comprender previamente el proyecto Institucional, que para
nosotros es un proyecto de vida, que no sólo fundamenta a
los proyectos áulicos, sino que también, comprende y
contiene al medio sociocultural que contextualiza a la
misma Institución Escolar, influyendo en el mismo medio
de modo educativo. El
aula no es un compartimento estanco y aislado. Del mismo
modo que la escuela no es un edificio en el desierto, ella
vive y convive con su contexto social que le demanda
educación[xi].
Este es el punto de partida de la razón de ser de la
existencia escolar. Por eso, es necesario que el docente
tenga claro el concepto de universalidad de la acción
educativa. Ésta no se puede dividir ni aislar; la educación
es un campo indivisible e integral, lo mismo que el
ejercicio de la profesión docente[xii].
Y comprender esto, es condición “sine-qua-non”[xiii]
para ser un profesional, de lo contrario, jamás podrá
actuar bien en el campo de la docencia. Vale
decir: que la docencia no se aprende, se comprende. Se
puede aprender su teoría y su técnica, pero ya señalamos
que enseñar es algo superior, para lo cual, es necesario
comprender lo que venimos desarrollando. En
consecuencia, a la docencia no se la puede mirar en pequeño,
porque es una actividad integral. Todo, necesariamente,
está comprendido por la educación; a modo de ejemplo:
(mirado desde los deberes indelegables tanto del Estado
como de los padres, que son cuatro: Justicia, Salud,
Seguridad y Educación) la educación forma médicos,
jueces y funcionarios y agentes del orden, vale decir; que
estas tres funciones dependen de la educación y no existe
dependencia alguna de la educación con esas funciones.
Por ello, los pueblos que no prioricen la educación,
inexorablemente, quedarán sumergidos en la miseria
material y espiritual, que es la peor de las miserias. Del
mismo modo que la educación es la mayor actividad
integradora de la Nación, lo es también de una escuela,
de un aula y de una familia, de la persona que aprende y
de la que enseña, de los conceptos, de los
procedimientos, de las actitudes efectivamente enseñados
y aprendidos. Por esto, no se puede dividir al docente ni
al alumno en partes. Se enseña y se aprende
integralmente. Porque enseñar es un hecho eminentemente
educativo, no se puede enseñar a una persona en partes,
debido a su integralidad intelectual, volitiva, afectiva y
corporal; individual y social; inmanente y trascendente,
en suma, material y espiritual. En
otras palabras, no se puede comprender cabalmente a la
enseñanza, desde nuestra conceptualización: enseñar =
conducir, si no se tiene un panorama integral de la
educación, que es universal e indivisible, pero que uno
si la puede penetrar y comprender. Otro
aspecto que es necesario comprender para realizar una
buena tarea educativa es, saber
valorar la importancia de la intuición.
Lamentablemente, el racionalismo ha desacreditado a la
intuición, como modo pleno de conocimiento. Por ejemplo:
una madre, muchas veces, no conoce una necesidad de su
hijo a través de especulaciones racionales, sino por
medio de la intuición. Afortunadamente es así, porque si
ellas hubieran pretendido conocer con la sola razón las
necesidades de sus hijos, la humanidad ya hubiera
desaparecido de la faz de la tierra. Para la tarea
docente, la intuición es fundamental, porque proporciona
datos y conocimientos que la especulación intelectual jamás
podría alcanzar “a priori”. Además, la intuición
que todos poseemos por nuestra naturaleza humana, es el
estímulo permanente de la creación. Es decir: que
desarrollando la intuición nos estamos preparando, casi
sin darnos cuenta, para ser creativos[xiv].
El conocimiento intuitivo es mucho más eficaz y seguro
que el conocimiento por especulación racional. Esto visto
desde la creación, desde el desarrollo histórico de la
humanidad, desde la misma enseñanza. De manera que,
aquellos que nunca se atrevieron a ser creativos o que
anularon esta capacidad por ser puramente racionales,
ejercitando la capacidad natural de la intuición pueden
volver a recuperar esa facultad humana de la creación.
Además, en este ejercicio, también se desarrollan las
seguridades que la práctica profesional requiere. Es
imposible aprender la docencia, son tan cuantiosos los
casos que la docencia plantea, que quién quiera
aprenderlos a todos, se moriría antes de haber aprendido
la milésima parte. Es decir: que la experiencia docente
es comprensible para el entendimiento de los hombres, para
construir el criterio profesional necesario para enfocar
los problemas y resolverlos educativamente pero no para
memorizarla. Jamás
uno debe pretender acordarse de todos los casos que han
pasado en la historia, que se asemejen al que se debe
resolver, o que es lo que en teoría dice como principio a
aplicar. Eso no tiene ningún valor; es el conocimiento,
análisis y comprensión del problema lo que va a dar la
solución De
cualquier situación fluye, teniendo en cuenta el proyecto
áulico, que es lo que hay que hacer para que caminemos de
la situación presente (actual) a la situación objetivo[xv]
que perseguimos en el proyecto áulico. El camino surge de
la experiencia de la situación. Y, eso hay que mirarlo
objetivamente. Es poner en movimiento el proyecto áulico,
en consecuencia, de allí
va a salir el camino, camino único o múltiples
caminos, pero camino, que es lo que uno busca entre la
situación presente y la situación objetivo propuesta, ya
sea que esté referido a los contenidos conceptuales, a
los procedimentales, o a los actitudinales. Es
difícil también en este campo, establecer algo concreto,
algo ajustado a la realidad concreta. En este tipo de
actividad nada hay que sea concreto, salvo la situación
educativa actual que plantea cada caso, es decir: la
situación que plantea cada alumno, y para resolverla, los
caminos son muchos, pero hay sólo uno que es el más
adecuado. La sabiduría del docente está en “saber”
encontrarlo. Frente
a las situaciones educativas, el docente es un constructor
de éxitos. El éxito se traduce en el logro de los
objetivos propuestos en el proyecto educativo áulico. No
depende de la suerte, tampoco de la casualidad y no es
designio del destino. El éxito se construye, se realiza.
Es decir: que el éxito en la enseñanza se concibe, se
prepara se organiza, se realiza y, finalmente, se lo
explota. Porque el éxito en los docentes está en los
mismos docentes, está en su propia práctica[xvi]. EL
DOCENTE ES UN CONSTRUCTOR DE ÉXITOS.
Esa es la mejor definición que se pueda decir de un
docente. En este sentido, el docente es un profesional que
recibe una situación[xvii]
y un objetivo curricular[xviii],
más las demandas regionales, entonces, es de su exclusiva
responsabilidad construir el éxito. Que para lograrlo,
deberá acompañar a sus alumnos en sus respectivos
procesos de construcción de los propios saberes para que,
individual y comunitariamente realicen el proyecto áulico.
Para ello, deberá implementar metodologías didácticas
originales que se adecuen a las necesidades del aula. En
este sentido, los métodos son sólo instrumentos, se
utiliza el que sirve y, si no sirve ninguno, se construye
uno nuevo. El docente debe tener la plena libertad de
utilizar los instrumentos que más convengan al proceso,
ello lo determinará de acuerdo a la circunstancia
educativa que deba enfrentar. Entonces, La práctica
docente es, lisa y llanamente, la construcción de éxitos
educativos y, el docente es el responsable de que ello
ocurra. Por eso, él utiliza técnicas, inspiración y la
propia capacidad para enseñar. Si
tiene una gran Técnica, le puede salir una buena
realización; si tiene también inspiración, puede
salirle linda; pero si además, tiene talento, entonces,
sale una gran realización educativa; y
si posee un talento privilegiado, hace algo nuevo
en materia educativa que revolucionará la pedagogía en
el mundo. En fin, esto tiene infinitas gradaciones, como
infinitas pueden ser las creaciones del hombre. En
síntesis, lo primero que se necesita es contar con un
criterio amplio y descartar los sistemas, rutina y las
recetas. Es decir; que
en la actividad docente no se puede copiar, es necesario
crear, porque el arte es creación. Nadie
se ha hecho famoso copiando cuadros o esculturas, ni
tampoco copiando ejemplos, porque a veces también, se
copian los malos ejemplos. Es cuestión de discernimiento,
y en consecuencia, crear. Tenemos que poner en juego el
criterio, no la memoria, no las recetas ni los sistemas,
tenemos que evitar la rutina. Para la docencia no hay
estructuras que sean infalibles y que perduren en el
tiempo. Todos los métodos, cualquiera sea, sólo son útiles
en la medida en que desarrollemos nuestro criterio
docente. La
práctica profesional, es uno de los aspectos de la vida
del docente que es imposible sistematizar; no puede haber
sistematización. Esa es la enseñanza que surge de la
teoría de la construcción de éxitos. Por otra parte, es
necesario pensar que lo que el docente enfrenta es una
situación concreta, única e irrepetible, porque sus
actores son únicos e irrepetibles y necesita una solución
para esa situación determinada por el tiempo, el espacio
y los actores. Esa solución no la encontrará en ninguno
de los casos de la Historia de la Educación o de la Teoría
de la Enseñanza. Los
principios de la Teoría de la Enseñanza han surgido de
las grandes obras, de las obras maestras de la práctica
docente, de manera que siendo principios empíricos, no
los podemos fabricar nosotros, sino que surgen de los
hechos. Por eso enseñar no es una técnica, sino que es
auténticamente un arte, y de allí, es que el docente no
es un técnico, sino un artista. El
artista tiene ante sí un caso concreto: le encargan una
obra, tiene los materiales e instrumentos, todo lo
necesario. Él debe darle vida, esa es la solución que
buscará si es pintor o escultor, lo mismo que si es
docente. Porque al docente le dan un grupo de alumnos
heterogéneo, contenidos básicos curriculares, un
contexto sociocultural, un proyecto institucional, y él
tiene que construir un éxito, tiene que hacer una obra de
arte; tiene todo lo necesario. Él debe darle vida, esa es
la solución del problema, esa es la construcción del éxito
- sus alumnos mejoraron su calidad de vida- transformándola
en vida más plena. Porque el docente es portador de vida,
y vida en abundancia. Y del mismo modo que nadie da lo que
no tiene, nadie enseña lo que no sabe y nadie transmite
lo que no vive. Por ello, el docente debe vivir
concientemente su propio proyecto de vida. Hay
que darse cuenta de los inconvenientes con que se tropieza
en la realización de una obra educativa, los malos ratos
que hay que pasar, las presiones generadas por conciencias
mediocres, la falta de equipamiento escolar, la
inestabilidad laboral, la envidia del fracasado, la
calumnia del incapaz, la indiferencia de los padres, la
falta de estructura edilicia, la vergonzante retribución
salarial, el manipuleo de la política educativa, la
mediocridad de los gobernantes; noches y días enteros
tristes, pero al final, a pesar de todo esto, se llega a
una solución que posibilitará la construcción de un éxito
educativo, entonces, la satisfacción personal compensa
todos los malestares. Otro
aspecto que es necesario destacar, es que la experiencia
propia en el arte de enseñar, generalmente, llega tarde y
cuesta cara, porque casi siempre, se aprende más de los
errores que de los aciertos realizados, por lo tanto, la
experiencia en carne propia es “maestra de tontos”.
Hay que tratar de aprender de la experiencia de los demás[xix].
De manera que esta gimnasia espiritual permanente, que es
el estudio de todos los hechos, de todos los casos y sus
respectivos análisis. De
tal forma, se van acopiando los conocimientos necesarios.
No se estudian estas situaciones concretas para volverlas
a aplicar, por si el caso se repite, no. Se estudian con
la mayor profundidad posible para lograr un buen
entrenamiento, para formar el criterio docente, pura y
exclusivamente para realizar un ejercicio de la docencia,
y de tal forma, crecer en sabiduría asumiendo la
experiencia de los demás. Este es el valor de los
ejemplos, para trasvasar la experiencia ajena a la propia,
es decir: hacerla nuestra, como si nosotros hubiéramos
vivido esa situación, de tal manera, adquirir el
conocimiento de los hechos para ser más sabio frente a
las ocasiones que se nos pudieran presentar en el
ejercicio de la profesión, en la práctica cotidiana del
arte de enseñar. Aunque
parezca una verdad de perogrullo, no está de más
mencionarlo; una de las cosas más importante para el
docente, es que tenga presente que quién debe conducir
los acontecimientos es él. Jamás debe dejarse conducir
por los acontecimientos. Esta es una de las cosas
fundamentales del docente. “Que sea conductor”. Que él
conduzca los acontecimientos, como primera cuestión y
como segunda, es que debe saber siempre lo que quiere,
debe conocer siempre el objetivo que se propone alcanzar,
es decir: el “proyecto de vida áulica” que pretende
realizar, por ello, es muy importante que el docente
encarne ese proyecto. Estas dos cuestiones, parecen dos
perogrulladas, porque enseñar, lógicamente, presupone
que sea el docente el que origina, desencadena y conduce
los acontecimientos educativos y no que sea él el juguete
de esos sucesos. También
es necesario saber lo que se quiere, lo que verdaderamente
le da sentido a la práctica docente. En la Historia de la
Educación y en nuestro presente son más los docentes que
son conducidos por los acontecimientos, porque entre otras
cosas, no saben lo que quieren, y en consecuencia, no
saben lo que tienen que hacer para actuar con propiedad
frente a los puntuales hechos áulicos. Otro
factor que el docente no debe olvidar, es que en todas las
acciones de la enseñanza hay hechos que son determinantes
o principales y hechos que son circunstanciales o
secundarios, que no inciden en la enseñanza. El secreto
está en observarlos bien, analizarlos bien y
comprenderlos bien, luego dominar los fundamentales y
dejar de lado los secundarios, que no tienen mayor
importancia. O cuanto mucho, atender los objetivos
fundamentales con medios fundamentales y los secundarios
con medios secundarios. El docente en el ejercicio de su
profesión, no debe ocuparse de objetivos de segundo orden
y dejar de lado los verdaderamente importantes. Esto,
también, es muy común entre los docentes, que se
preocupan más por la formalidad burocrática que por enseñar. Esto
sucede, porque el hombre no sólo tiene criterio para
discernir, sino que también tiene pasiones que lo
arrastran. Y, las pasiones lo llevan, generalmente, hacia
objetivos secundarios. Por ejemplo: dejarse llevar por críticas
destructivas destinadas a la Institución o a los
directivos, etc..., que pueden tener un fundamento cierto
pero la metodología de la crítica palaciega, es
destructiva; De modo, que uno no debe dejarse llevar en
este juego engañoso, porque no alimenta nuestra labor
docente, más bien alimentan nuestras pasiones y nos
distrae de nuestra responsabilidad, aunque el fundamento
de la crítica sea cierto corremos el riesgo de perder
toda nuestra acción educativa, porque perdemos de vista
el objetivo principal. Este es un asunto muy importante,
porque contiene la razón misma de ser de la docencia y
también está en la naturaleza del hombre. El hombre
suela ser pasionista por naturaleza y aún por costumbre.
Ahora bien, el docente no puede tener esa clase de
defectos; si bien es cierto, que son propios de la
naturaleza humana, no es menos cierto, que el docente
supone un proceso educativo por el cual, debe haber
superado esas debilidades. Además, ese proceso educativo
permite que el docente cultive y posea ciertas cualidades
y calidades, sin las cuales se verá siempre obstruido en
su labor por su propia personalidad. Hay
cosas que el docente no debe olvidar jamás, ya que el
olvido de ellas le acarreará una serie de inconvenientes
y factores desagradables que se sumarán a los factores
negativos que los hechos le van a presentar y, que a
medida que él los vaya expresando en la práctica, se irán
multiplicando geométricamente hasta que el cúmulo de
errores y factores desagradables anulen toda posibilidad
de enseñar. Repitiendo
un concepto antes dicho, el docente es un artista no un técnico.
Vale decir: que él no elabora nada mecánicamente: la
enseñanza es producto de su creación. En este sentido,
un Pedagogo, que es un perito en esta materia, no
presupone de modo alguno, un docente. Como tampoco un
docente necesita ser un perito. Uno es un técnico el otro
es un artista. Y debemos recordar, que las grandes obras
de la humanidad pertenecen a los artistas no a los técnicos.
No es la técnica lo que lleva a la producción de las
obras maestras. El arte tiene un sentido vital que no
puede reemplazarse por la técnica. Por eso, podemos
afirmar que no son los conocimientos enciclopédicos ni la
extraordinaria erudición los que dan la capacidad para
enseñar[xx]. Enseñar
es actuar, es crear[xxi].
Lo único que la técnica enseña es un sistema, pero no
enseña como realizarlo en cada caso concreto. Esto está
en cada docente o no está. Por
eso decimos, que un perito no presupone un buen docente.
Tenemos tantos técnicos formados en nuestras facultades,
y sin embargo, no hemos visto que ninguno de ellos se haya
destacado en el campo de la docencia; en el mejor de los
casos, son buenos copiadores de recetas, de fórmulas.
Para triunfar en la docencia se necesita ser docente, quién
debe ser, con todo el sentido y profundidad del término,
“MAESTRO”. Porque su acción no se limita a enseñar,
sino que también educa. Se puede enseñar con las
palabras, pero se educa con el testimonio de vida diario,
es decir: con lo que hacemos. Lo que implica un compromiso
integral del docente con sus alumnos. Ello significa, que
debe conocer, analizar y comprender la realidad educativa
para intervenir en dicha realidad mediante el diseño,
puesta en práctica, evaluación y reelaboración de
estrategias adecuadas, para la enseñanza de contenidos a
sujetos específicos en contextos socioculturales
determinados. Esto
implica, además, que debe organizar a sus alumnos para
que todos realicen el proyecto educativo áulico,
reconociendo en esta organización, el proceso de cada
sujeto. De tal manera, resultará previsible que no todos
llegarán a concluir el año lectivo con el mismo nivel de
aprendizaje. Pero también, resultará significativo, que
todos poseerán los Contenidos Básicos Comunes habiendo
desarrollado al mismo tiempo las cualidades particulares
de cada uno.
Es decir: que en el proceso personal cada alumno habrá
construido su propio saber y desarrollado sus propias
habilidades, que lo distingue de los demás. En síntesis,
organizar al grupo. Establecer las normas de convivencia,
celebrar el contrato de enseñanza-aprendizaje y
finalmente, ejercer la docencia. Por
eso el docente debe ser más que un conductor de
acontecimientos educativos, debe saber además, organizar
a sus alumnos, para que el proceso que comienzan a
desplegar sea verdaderamente constructivo. Esta tampoco es
una tarea técnica, puesto que, aquí está en juego la
intuición del docente, que generalmente los técnicos
desprecian, probablemente por falta de confianza en sí
mismos. Y a juzgar por los resultados, el Sistema
Educativo Argentino contiene sobreabundantemente técnicos
y como lamentable contrapartida no abundan los docentes.
Los resultados están a la vista. Si hubieran abundado los
docentes, no sólo en el aula, sino en toda la estructura
del Sistema, otra sería la realidad sociocultural
Argentina. El
Sistema Educativo Argentino, no formó docentes sino técnicos
en educación, con el agravante de que muchos de ellos por
no contar con una buena formación técnica ni ética, son
capaces de actitudes demagógicas para granjearse el
afecto de sus alumnos, en busca de equilibrar su
incapacidad profesional. Este Sistema Educativo Argentino
autoritario e ineficiente para receptar las demandas
sociales, formó técnicos torpes para ejercer la
docencia, y simultáneamente, despreció al auténtico
docente. En
el presente asistimos, como actores, a la recreación del
Sistema Educativo Argentino. Esta es la hora del docente
argentino, porque tenemos la gran oportunidad de
cristalizar nuestros anhelos superando, no sin esfuerzo,
el sentido “gregario” de la educación enciclopedista,
propiedad exclusiva de los “caudillos” pedagógicos. La
diferencia que hay entre el “caudillo pedagógico” y
el docente, es natural. El primero hace cosas circunstanciales, el segundo realiza cosas
permanentes. El caudillo pedagógico explota la ignorancia
de sus alumnos,
el docente aprovecha los conocimientos previos desde donde
parte su labor educativa. El caudillo no enseña, más
bien pervierte, ubicándose como centro del hecho
educativo; el docente enseña, conteniendo a sus alumnos,
no como una masa informe, sino a cada uno de ellos como la
alteridad que lo interpela y le reclama valores[xxii]
educativos, para construir sus propios saberes partiendo
de un contexto real, en el cual, el docente deberá actuar
también directamente, dándole al alumno herramientas
para comprender y transformar criteriosamente su realidad
personal y sociocultural. Es
decir: son maneras de obrar diametralmente opuestas en la
acción educativa. Si un docente, que se dice tal, después
de haber enseñado durante un año a un grupo de alumnos
no deja nada permanente, no es un docente, es un caudillo
pedagógico. Algunos
dicen para justificarse, que los docentes solamente nacen,
pero se equivocan, porque también se hacen. Los docentes
de excepción nacen y no se hacen; pero también es
posible llegar al “genio”
a través del método. El genio, en el fondo, es el
trabajo de campo, en gran parte. La condición está al
alcance de todos los estudiantes y, sostener lo contrario
sería sostener una enseñanza negativa. Como lo era
antes, con los resultados de antes. El estudiante se
capacita para la docencia, en distintos grados, pero se
capacita. Es decir: la docencia supone capacitación y, ésta
a su vez, supone aprender[xxiii].
Dicho de otro modo: educar la inteligencia, la voluntad y
la afectividad; la razón y el espíritu. En
consecuencia, la docencia es materia de capacitación.
Formar el criterio docente por el ejercicio permanente de
la inteligencia, la voluntad y la afectividad en el marco
de los valores morales. De tal forma, se capacita para la
docencia. Teoría y práctica, forman los constitutivos
esenciales de la formación docente. Por un lado, se
desarrollan las cualidades que se poseen, y por el otro,
se adquieren las que no se poseen naturalmente; y esto, es
perfectamente posible. De modo, que sí se puede llegar a
ser docente sin haber nacido “genio”. En realidad, el
“genio” es el trabajo de campo. En
cuanto a los valores espirituales[xxiv]
del docente, lo que se puede afirmar en este sentido es
que, puede carecer de una profunda formación académica,
pero no puede carecer de valores morales. Si carece de
éstos, no es
un docente. Los valores morales en el docente están
por encima de los intelectuales, porque en la educación
la realización está siempre por encima de la concepción.
La concepción intelectual puede ser transferida con las
palabras, pero la realización educativa necesita del
testimonio profesional y personal del docente, porque así
se constata la teoría. Muchas
veces una mala concepción realizada con esfuerzo y
honestidad, llega a buen resultado pero, una buena
concepción con mala realización no llega nunca a nada. Esa
es la razón por la cual, tanto en el artista como en el
docente, la acción esta siempre por sobre la concepción.
Entonces, puede tener carencias conceptuales, pero lo que
no puede tener, son carencias procedimentales y
actitudinales. ¿Cuáles son esos valores morales? En
primer término el docente debe sentirse apoyado por una
Fuerza Espiritual Superior Absoluta[xxv]
, debe sentir fe en sí mismo y tener un optimismo muy
grande. Esto lo impulsa a enfrentar y superar los grandes
desafíos que presenta la educación. Las pequeñas
acciones, visto desde la perspectiva social, le quedan
reservadas a otras profesiones no docentes. El docente
siempre selecciona las acciones y se decide por las
grandes, por aquellas que para emprenderlas hay que tener
la suficiente fuerza de voluntad y la facultad del afecto
altamente desarrollada, que nacen de la fe en sí mismo y
del optimismo que lleve dentro de sí. La educación es la
actividad que presenta los desafíos más grandes, en
comparación con otras actividades que desarrolla el
hombre, y que también son importantes, pero siempre
subordinadas a la educación, porque en ella encuentran su
razón de ser. El
docente debe ser prudente, es decir: debe saber cuando es
necesario jugarse todo a una carta, porque el que arriesga
poco , gana poco. Por ésta razón, el carácter del
docente es la fuerza motriz fundamental en el arte de enseñar.
Los hombres que sostienen la teoría de que para no sufrir
grandes reveses es menester no exponerse mucho. Ellos no
llegan nunca a nada. Es decir: que en la docencia se
eligen los grandes objetivos, los más grandes, con decisión,
con fe en sí mismo y con optimismo. El
docente debe crearse el deber de vencer, que va acompañado
con la abnegación. Éste deber es indispensable en la
docencia. Aquel educador que no sienta el deber de vencer,
difícilmente supere algún desafío, seguramente los
problemas lo apartarán de su tarea, se verá superado por
la situación llegando
indefectiblemente a padecer el fracaso. Resultado, que muy
pocos docentes se hacen responsables, porque generalmente,
trasladan ésta responsabilidad a
los alumnos, convirtiéndolos en los artífices del
fracaso. Por consiguiente el docente es un hombre decidido
a vencer. Pero si no vence, debe saber soportar los golpes
de las circunstancias, con entereza y con la disposición
reflexiva para
superarse, creciendo así, en sabiduría. Es lo único con
que contamos después del fracaso. Para evitar éste
resultado es necesario ser prudente. Para
adquirir el deber de vencer, no alcanza sólo con la
abnegación, es necesario también, poseer carácter,
energía y tenacidad, para cumplir con ése deber. En
consecuencia, no puede ser un hombre confiado en la
suerte, porque es él el que construye el éxito, y lo
hace con carácter, energía y tenacidad. Es decir: que el
docente es un auténtico luchador. Por más inteligente y
bueno que sea, sino lucha por alcanzar lo que se propone,
nunca construirá un éxito educativo. Es
indudable, que el docente debe saber, que en la tarea de
enseñar, él trabaja para sus alumnos. El docente que
trabaja para sí mismo, no llegará lejos. El docente
siempre trabaja para los demás, con los demás y por los
demás, nunca para él mismo, porque si así lo hace, se
obsesiona con su conveniencia, entonces, abandona a los
demás, consecuentemente los demás lo abandonan a él,
quedándose solo. De
lo dicho se desprenden dos condiciones fundamentales del
docente: su humildad para reconocer sus propias
limitaciones y su desprendimiento para no verse tentado a
trabajar para sí. Éstas condiciones que parecen no tener
mayor importancia, la tienen y en un grado extraordinario.
Es consecuencia necesaria sostener, que para ser humilde y
desprendido se necesita poseer
espíritu de sacrificio. El docente en ésta
concepción de la enseñanza es un mediador entre la
interioridad del educando y los nuevos conocimientos, ello
implica, que en muchas ocasiones el docente apele al
sacrificio personal para lograr el crecimiento de sus
alumnos. En
tal sentido, el docente no puede ser intransigente ni
autoritario. No hay nada más peligroso que la
intransigencia, por que la educación es, en medio de
todo, el arte de la convivencia, entonces, la actitud
apropiada es la transigencia. El consenso, es una de las
virtudes más importantes de la democracia, por lo tanto,
debe estar presente en la realidad educativa, que supone
el diálogo[xxvi].
En lo que uno debe ser intransigente es en el objetivo que
como docente persigue y en los principios morales donde
fundamenta su accionar personal y profesional. Transigir
en éstos dos aspectos significa, que el docente comenzó
a transitar el camino de la despersonalización. Por ello,
no se puede transigir ni en el objetivo ni en los
principios morales. En todo, menos en esto. El
docente nunca manda, cuanto mucho aconseja, es lo más que
se puede permitir; pero debe tener el método para motivar
a sus alumnos, de modo, que realicen lo que tienen que
realizar, con iniciativa y responsabilidad en un marco de
libertad. Quién proceda de modo diferente, choca con la
realidad educativa, y este es el principio del fracaso
docente. Para evitar este resultado que el docente debe
respetar y alentar el proceso educativo de cada uno de sus
alumnos. En
la relación humana, que supone la relación de enseñanza-aprendizaje,
debe estar basada en la lealtad y la sinceridad. Nadie
confía en el hombre al que no lo creen leal, más bien,
se le desconfía. Esta actitud de desconfianza rompe la
relación educativa, porque alienta la inhibición, la no
apertura de la interioridad, y esto evita que el alumno se
motive, y si está motivado, deseche todo lo bueno que ha
logrado hasta el momento en que percibe la deslealtad.
Ahora bien, la lealtad debe ser a dos puntas para que sea
tal: lealtad del docente y lealtad de los alumnos. En
cuanto a la sinceridad, fundamento de la lealtad, es el único
medio real de la comunicación en el marco de la educación.
Las reservas mentales, los subterfugios y los engaños son
los agentes de la destrucción, de la división, del
enfrentamiento, de la calumnia, etc..., estos elementos,
no tienen nada que hacer en el campo de la educación. Por
eso el docente, siempre debe ser sincero, aunque a veces
esta actitud sea algo desagradable, pero al fin de
cuentas, agradecerá siempre. Todos
estos valores espirituales que debe poseer el docente los
podemos sintetizar en un solo término: en el amor que él
debe dispensarle a sus alumnos. Porque el amor es lo único
que construye. Las enseñanzas sin amor son como palabras
sin sentido, sin significado para el alumno, que debe
redoblar sus esfuerzos para aprender. El amor no es fruto
de los sentimientos, mejor dicho, los sentimientos
edificantes son el fruto del amor y se cristalizan en
obras dignificantes. El amor es una decisión intelectual
que voluntariamente el hombre actualiza. Es la verdad
intangible transformada por el bien obrar en hechos
constructivos. Dicho de otro modo, el amor es obrar el
bien con uno mismo y con los demás en la misma medida. El
docente en el acto de enseñar, busca el bien del otro, y
el bien del otro es la posesión de nuevos saberes. De
ese amor surge el sentido de la justicia. El docente no sólo
debe conocer la justicia, sino sentirla profundamente. En
sus manos está el otorgar los honores a quien
corresponda, porque como decía Aristóteles: “La
dignidad no está en los honores que se reciben, sino en
los honores que se merecen”. De manera que, el docente
debe comprender que la justicia es la base de las buenas
relaciones, del respeto que por él sientan sus alumnos,
de la autoridad que él tenga frente a sus alumnos. Por
esto, sin sentido profundo de la justicia no se puede enseñar. Si
el docente es un verdadero Maestro, a la vez que enseña,
educa y lo hace por el mejor camino, que es el del
ejemplo. No delinquiendo él, no formará delincuentes. En
la enseñanza, las palabras mueven pero los ejemplos
arrastran. No cabe duda de que ese apotegma es muy sabio y
didáctico. Por cierto que es más difícil, porque
tenemos que dominar las pasiones. De manera, que así es
como se construye el respeto y la autoridad. El docente
debe inspirar respeto, por el respeto que él guarde a los
demás. Decir una cosa y hacer lo contrario es la mayor
falta de respeto. Por eso, el respeto está en la
coherencia entre lo que se enseña y lo que se hace. De
este valor, del valor del testimonio personal y
profesional, surge el respeto al otro, que es la mejor
forma de ser respetado. Ya
nos hemos referido al carácter de luchador que posee el
docente, pero también dijimos que no lucha por él, sino
por una causa. Por eso, cuando algo anda mal, no debe
sentirse ofendido personalmente, si debe mirar
desapasionada e inteligentemente, como corregir el error
en beneficio del objetivo que persigue. Por ejemplo:
cuando algunos docentes luchan entre sí, no están
trabajando por la causa de todos, lo están haciendo por
sus propios intereses, y ya sabemos cuales son las
consecuencias. También
hemos señalado que el docente debe estar lejos de las
pasiones. La pasión es, generalmente, producto de un
sectarismo. Esta posición ideológica es muy común entre
los docentes, y el docente no puede ni debe ser sectario,
ya que él debe enseñarle a todos sus alumnos. Él no es
docente de algunos, lo es de todos, por eso si se deja
llevar por las pasiones se convierte en un caudillo pedagógico.
Debe ser un hombre sin pasiones y si las tiene, tiene que
dominarlas y no dejarlas salir nunca, de lo contrario,
perderá la visión de conjunto, tan necesaria en la práctica
docente. Resumiendo,
tanto el sectarismo como el pasionismo son fatales en
nuestra causa. ¿Por qué los tradicionalismos de la
educación sucumbieron? Por sectarios. ¿Por qué
fracasaron los modernistas de la educación con su escuela
nueva? Por sectarios. Lo mismo ocurre con los métodos. Si
un docente es inflexible frente a éstos y reconoce a uno
sólo como válido, en desmedro de otros, necesariamente
fracasará, por sectario. Todas las ideas educativas, las
corrientes pedagógicas, los métodos que se desprenden de
ellas, poseen parte de la verdad pedagógica, pero sólo
parte. Ninguna se identifica con la verdad absoluta. Por
ello, el docente debe ser libre frente a las ideologías,
no puede quedar atrapado en ninguna de ellas.
Consecuentemente, el docente toma del “menú” esa
porción de verdad que le viene bien circunstancialmente.
Y si nada lo satisface del “menú”, crea la
herramienta más conveniente para resolver el problema. Otra
cualidad del docente es la bondad de fondo y de forma. Hay
hombres que son buenos en el fondo, pero ásperos para
tratar a la gente. ¡Qué tontos! Son buenos en el fondo y
no lo demuestran. También hay hombres que son malos en el
fondo, pero en apariencia son buenos, y te dan una puñalada
por la espalda. Éste es un asesino, aunque lo haya hecho
con dulzura. Éste, que es dulce, muchas veces es más
tolerado por la gente que el otro, que siendo bueno se
hace odiar por su forma. Por lo tanto, el hombre es un ser
complicado que muchas veces no puede hacer nada completo
por sus defectos. Por eso el docente, debe ser bueno en el
fondo y en la forma. Sólo así se llega a los alumnos,
porque a ellos se los gana solamente por el corazón. La importancia de lo que venimos desarrollando está en |