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(Argel) Había una vez un niño que se llamaba Mussa. Era muy amable, pero tenía el defecto de tener gran apetito... Los siete y ocho bocadillos que algunos chicos devoran al volver de un largo paseo no son nada al lado de lo que el estómago de Mussa era capaz de digerir, pero a pesar de todo... repito que era un niño muy amable... Lo peor de todo era que Mussa no tenía padres; vivía con sus tíos que, aunque le querían, pensaban muchas veces que la cuchara de Mussa hacía demasiado vacío en las fuentes de la comida. Un día el tío dijo a la tía: -Vamos a guisar un buen cus-cus y lo comeremos antes de que vuelva Mussa, porque sino será él quien devore todo, como de costumbre. Para los que no lo sepan, diré que el cus-cus es algo sabroso: una especie de harina de sémola con salsa picante, que se come con la carne y las verduras..., ¡algo delicioso! Apenas si los tíos habían empezado su comida cuando llamaron a la puerta, y el tío creyó morir al oír la voz de Mussa que gritaba muy fuerte: -Abrid pronto y venid a ver las gotas de agua, que son tan gruesas como los granos del cus-cus que están en la bandeja grande... ¿Cómo había sabido Mussa que habían hecho el cus-cus? Los tíos no intentaron comprenderlo y abrieron la puerta a Mussa, que se comió casi todo el plato. Otro día el tío volvió a decir a la tía: -Haz tortitas para que las comamos antes de que vuelva Mussa. Las tortitas, rezumando miel y manteca, estaban sobre la mesa cuando llamaron a la puerta: -Abrid enseguida y venid a ver en la arena las huellas de los camellos, tan grandes como las tortitas que tenéis en el plato... La tía por poco deja caer al suelo la tortita que estaba comiendo, pero el tío fue a abrir la puerta y, mientras miraba, Mussa se pringó de miel hasta la frente comiendo las tortitas, y el tío pensó seriamente: Este chico es muy extraño; adivina lo que se le quiere esconder y esto es cosa del demonio. Tengo que mandarle lejos enseguida. Mientras tanto Mussa había salido y jugaba tranquilamente dejando pasar la arena entre sus dedos. Levantaba la mano muy alta y la arena color de rosa se volvía dorada con los rayos del sol, y a él le parecía que eran las columnas de oro de un magnífico palacio..., y he aquí que encontró un grano de oro de verdad, y lo escondió entre los pliegues de su manto. Es preciso no olvidar este grano de oro, que tiene mucha importancia en lo que sigue. Mussa seguía jugando cuando su tío le llamó: -Ven conmigo, vamos a buscar en el fondo del pozo la meroued, que se ha caído. Esta meroued es la polea por la que se baja la cuerda para sacar el agua de los pozos; los chicos que sepan algo de mecánica comprenderán la mucha importancia que tiene. Mussa se dio cuenta enseguida de que era un trabajo urgente y, apenas si había hablado su tío, cuando ya estaba corriendo junto a él... y, sin embargo, en la cabeza del hombre había muy malas intenciones... Llegados junto al pozo, el tío ató al niño a la cuerda y lo bajó hasta abajo, pero ¿qué ocurre? Mussa ha recogido la polea y el tío no tira de la cuerda para subirle... Pasa un minuto..., dos..., cinco... Ya habréis comprendido lo que había querido el malvado tío. Claro que Mussa también lo había comprendido y gritó: -Tío..., tío..., encontré un tesoro en el fondo del pozo..., una hucha llena de oro; mándame un saco para que lo llene. Pero el tío, que desconfiaba de su astuto sobrino, le contestó: -Manda un poco de ese oro para que vea si es cierto lo que dices... Enseguida mandó Mussa el grano de oro que tenía cuidadosamente escondido, el precioso grano. El tío, encantado, se vio ya muy rico, viviendo en una hermosa casa y, sin esperar más, tiró a Mussa un gran saco. El muchacho se metió, riendo, dentro, lo ató fuertemente a la cuerda y... -¡Tira, tío..., tira... Ahí va el tesoro... Tiró el tío y cogió el saco en brazos y se alejó contento diciendo: -Ya estoy libre de aquel chico, que me hacía gastar tanto en comida, y, además, tengo un tesoro. Y en el camino iba contando y recontando todo lo que podría hacer con tanto oro, cuando una vocecita le dijo de pronto. -¡Tío mío..., padre mío... si estás cansado, descansa debajo de esta palmera! El tío, muy asustado, soltó el saco y echó a correr, y todavía debe seguir corriendo, pues nunca más se ha vuelto a saber nada de él.
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