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Godofredo Daireaux

Godofredo Daireaux (1839-1916)
Fábulas argentinas
 

Al lector
A medida que uno envejece, le entran como loca picazón las ganas de dar consejos. ¿Será que, no pudiendo ya sacar provecho de su tardía experiencia, el hombre la ofrece de regalo a los que todavía la pueden utilizar?
Puede ser.
Pero los consejos, y más todavía las críticas, a que también da la experiencia cierto derecho, tienen que ser envueltos en algo muy dulce para que el paciente consienta en tragárselos, y que del remedio se pueda esperar algún efecto. Y por esto es que, desde tantos siglos, se ha imaginado el apólogo. Con él, ha podido un pobre esclavo, como el gran fabulista frigio Esopo, cantar verdades a su amo sin ser muerto a azotes; con él, ha podido Rabelais, el jovial cura francés, mofarse de los clérigos viciosos de su tiempo, sin acabar en la hoguera; por él, Lafontaine ha popularizado tantas máximas de moral y tantas reglas prácticas de conducta, que sus fábulas han contribuido más al progreso de la humanidad que cien tratados de filosofía.
Estos maestros y muchos otros han dejado tan trillado el campo del apólogo, que poco queda que espigar en él; y por mi parte, no me habría atrevido a hacerlo, si, durante muchos años, no hubiera sorprendido entre los animales que pueblan la Pampa, mil conciliábulos que sería lástima dejar perder, pues no desmerecen sus lecciones de las que nos han venido de allende los mares.
Es de sentir, por cierto, que no hayan tenido por intérprete de sus gestos graciosos y de sus conversaciones instructivas a algún inspirado poeta, capaz de traducirlos en versos lapidarios, pero no pude yo sino tomar fieles apuntes de lo que vi y oí, y reducirlos a simple prosa corriente para los que ignoran el idioma de los bichos pampeanos.

Los hay entre éstos, llenos de picardía, de envidia, de ingratitud, de egoísmo, de orgullo, de avaricia, de ignorancia, de mala fe y de muchas otras cosas feas, cuya enumeración sería mucho más larga que la lista de sus virtudes; y no hay duda que el hombre es muchísimo mejor que esos seres inferiores. Pero podría suceder ¿no es cierto? por una gran casualidad, que también se encontrasen hombres que no fueran modelos de lealtad, de desprendimiento, de gratitud, de modestia, de generosidad, de buena fe, y para enseñarles a corregirse, el apólogo es y siempre será de gran resultado; por lo menos podrá servir de desahogo al que sienta la imperiosa necesidad de reprender sin herir, y si por sus alusiones y sus indirectas, las fábulas hacen cosquillas al que las oiga... ¡que en silencio se rasque!

Bien raras veces, por lo demás, se da uno por aludido: cuando, en un círculo de muchachos, algún travieso ha pegado con alfiler colas de papel a dos de sus compañeros, todos, por supuesto, se ríen, pero, más que los otros, siempre los dos que llevan la cola.

La fábula no hace personalidades; y su gran poder, justamente, consiste en que a nadie choca, ya que siempre puede cualquiera desconocer en ese espejo las arrugas de la propia cara y aplicar a otro la semejanza; pero no por esto deja de ser siempre más eficaz la sonrisa indulgentemente burlona del fabulista que la voz severa y los ojos redondos del pedante.

También te diré, lector, el porqué del título.
Estábamos un día en un corral de ovejas arreando despacio los animales al chiquero, y nos hablaba un compañero de un sujeto a quien habían explotado muy feo los mismos que, bajo forma de habilitación, parecían ayudarle, cuando lo interrumpí diciendo: "¡claro! pues: el hombre dijo a la oveja..."

Y un gaucho, un peón, que caminaba algunos pasos delante de nosotros, al momento dio vuelta la cabeza y alargó el pescuezo, prestando con interés el oído en espera del resto. No seguí ese día, porque no había tiempo, pero la mirada hambrienta de cuentos de ese hombre había bastado para que me decidiera a juntar todos los que andaban sueltos en el cajón de mi mesa y también en mi cabeza, haciendo de ellos el modesto lío que aquí te ofrezco. Y si también las llamé Fábulas argentinas, es que, aunque lo mismo pueden ser de aplicación en cualquier otro país, me han sido inspiradas, casi todas, por acontecimientos y personajes argentinos, o por sucesos e incidentes acaecidos aquí, entre gente radicada en esta tierra; y que sus actores son, con muy pocas excepciones, animales pertenecientes a la fauna argentina.

Fábulas Argentinas:

La Mariposa y las Abejas El Tigre y los Chimangos La Gaviota El Arroyo y el Cañadón La Hormiga y la Cucaracha El Perro Fiel El Terú-Terú El Hurón y la Gata La Cigüeña El Mono y la Naranja El Ombú La Vizcacha y el Pejerrey El Mosquito Los Pavos y el Pavo Real Flor de Cardo El Gato Montés El Trigo Las Palomas El Caballo Asustadizo Cambio de Política Concurso de Belleza Los Carneros y el Capón Patrón Rico El Guacho El Caballo y el Buey El Zorro y el Avestruz El Caracol El Avestruz y la Perdiz El zorro y la Vizcacha El Loro y el Hornero El Hombre y la Oveja La Cotorra y la Urraca El Tigre y sus Proveedores El Chancho Gordo Flores Quemadas El Médano y el Pantano Maledicencias La Mulita Indiscreta Vae Soli La Gran Conejera Los Zánganos de la Colmena La Gallina y el Cuchillo Flores Marchitas Interesante Sesión La Oveja Merina y las Criollas Las Dos Manos El Gato Blanco El Entierro del Perro El Chajá y los Patos La Madreperla y la Ostra Común La Babosa Cóndor y Chingolo La Vizcacha Inexperta Amor Sincero Pelea de Gallos El Hornero y la Paloma Las Colmenas El Escarabajo y el Picaflor La Lechuza y el Zorro El Zorrino Manso La Rosa, el Picaflor y la Mariposa El Gato Montés y la Nutria Los Gatitos en la Escuela El Toro y la Argolla Los Dos Carneros El Capón Flaco La Araña La Víbora y el Zorro El Perro y el Zorro El Cuis y la Lechuza Los Dos Gallos y la Polla El Oso Hormiguero Jerarquía El Mono y la Cinta Elástica La Hormiga y su Fortuna Los Dos Perros y el Ladrón La Comadreja y el Zorro El Triunfo del Zorro La Gallina y la Perdiz El Pato El Nido del Carancho El Cisne y la Garza Mora El Pato y las Gallinas El Perro y el Cabrón El Carnero Filósofo Mucho Ruido, Pocas Nueces El Zorro y el Puma La Armadura del Peludo La Sequía El Mono y el Perro Las Voraceadas del Tigre El Vizcachón Previsor El Pavo y el Gallo Las Vizcachas El Pavo Real... La Araña y el Sapo Caridad El Hurón y el Zorro El Ruiseñor y los Gansos El Burro La Vizcacha y el Zorrino El Loro Muerto Maniobras Militares El Perro, el Cimarrón y ... La Vaca Empantanada Las Pértigas y La Barrica Ya no soy Poeta La Cúspide y el Valle El Ñandubay y la Paja El Picaflor Enojado La Hormiga Alada Las Opiniones del Gallo Los Burros y el Eco Las Luciérnagas y las Arañas El Cordero Negro El Águila y el Gorrión El Tutor y la Planta Los Patos Caseros... El Chajá y los Mensajeros El Zorro y la Vizcacha El Perro Gritón El Cisne y la Gallareta Los Cimarrones y el Tigre El Benteveo y la Comadreja La Fiesta del Águila El Novillo El Caballo Enriquecido El Perro y las Pulgas El Chajá La Perdiz y la Gaviota Las Dos Plantas El Águila El Caballo y el Burro Las Abejas en sus Comicios El Pavo Real y sus Admiradores El Gaucho y el Potro Zorro Viejo Las Hormigas Parentesco Póstumo Los Tres Durazneros El Benteveo El Cuis en el Entierro... El Ganso Justas Quejas La Chicharra y la Rana Gallos y Gallinas El Mal Tropero El Avestruz y el Ganso Los dos Tigres y el Zorro El Caballo y la Mula El Cencerro y la Campana Los Pajaritos y la Luciérnaga Ayuda Oportuna La Selva Invasión de Hormigas