Selecciona acá para volver al inicio
Actualmente hay usuarios conectados en Educar.org

Otros Autores

N. S. Granda

 

Este cuento forma parte del libro "Los Otros Misterios del Gusano", editado por Baobab en el año 2000, en la ciudad de Buenos Aires.

Autor: N.S.Granda

E-Mail: abc183ar@yahoo.com.ar 

 

EL SINTÉTICO KRISTOFFER GERT 

 

 El 4 de mayo de 1959, en un diario de la Capital (justamente tengo aquí el ejemplar, recuperado de la hemeroteca del club), apareció una sorprendente declaración del escritor (escritor y reconocido periodista, según un generoso artículo que, al decir de muchos, no tenía justificación alguna) Kristoffer Gert, natural de Holanda, pero convenientemente ubicado en Norteamérica.

 Era muy evidente que ésta y otras declaraciones suyas -erróneas, ambiguas, maliciosas, ridículas, va en gusto- esperaban la pública polémica. En este diario del 4 de mayo, por ejemplo, se despachaba, muy suelto de cuerpo, con las siguientes palabras, reproducidas en la sección "Artes":

 

      Yo no escribo novelas por una razón simple: Toda novela supone una idea. Ahora  bien, esa idea que, repito, es una, se extiende, se alarga, se multiplica, se ramifica,  y todo por meras razones de espacio, pues debe abarcar, por lo menos, doscientas páginas. Pero, si lo pensamos detenidamente, ¿qué nos impide sonsacar sólo la  idea madre de ese calidoscopio de doscientas páginas? Yo respondo: nada, a lo  sumo prejuicios estúpidos. Es como pelar el tronco de ramas: lo esencial se hace visible a los ojos. Resumimos la enmarañada selva de una novela en el claro jardín  de un cuento, en donde el escritor capaz elimina los hechos superfluos, a fin de obtener la pureza de la idea. ¿A quién le interesa un curso detallado sobre la colocación correcta del cargamento de un bergantín, o las costumbres de los albatros y  los pingüinos en el Arthur Gordon Pym, de Poe? Personalmente creo que con es tas razones irreprochables, de aquí en adelante, nadie preferirá la novela.

 

 Yo, de Holanda no conozco más que la fama de sus quesos, la de sus tulipanes y la de algún que otro pintor, sin mayores datos (de Erasmo para acá) de sus hombres de letras y de las opiniones de sus hombres de letras. El artículo de Gert no me produjo una idea muy favorable de ellos. Me dije que afirmar que la extensión es la única diferencia entre un cuento y una novela era, al menos, temerario. Repasé con alarma un viejo libro de texto:

 

Novela: Un tema central que permite varios subtemas relacionados con él.

Cuento: Un solo tema alrededor del cual gira toda la acción.

Novela: El argumento muestra un vasto conjunto de sucesos.

Cuento: El argumento cuenta solamente un suceso.

Novela: Los personajes principales son varios, y los secundarios aún más numerosos.

Suelen transformarse a lo largo de los acontecimientos.

Cuento: Los personajes son escasos y se agrupan en torno al protagonista. No suelen

cambiar porque el cuento plantea un conflicto que exige una rápida resolución.

Novela: Desenlace paulatino. Varias líneas de acción para cerrar.

Cuento: Desenlace súbito. Mueve a sorpresa.

Etcétera.

 

 Respiré con alivio. No me había equivocado.

 Lo cierto es que, creo yo, Gert esperaba las voces contrarias, la refutación certera, ésa que siempre escribe algún entendido que dispone de tiempo libre y que nunca falta. Sé de gente más sapiente que yo que piensa del mismo modo. Y el ocioso entendido no tardó en aparecer: un florentino que, en el suplemento cultural del mismo diario, publicado el 11 de mayo (tengo la fotocopia del recorte), comentó su imposibilidad estética y ética de imaginar una versión abreviada, pareja en calidad, de La Guerra y la Paz, de Tolstoi, o de cualquier novela de Dostoiewski, así como tampoco una versión de pocas páginas de la epopeya bíblica. Y a continuación transcribió una serie de diferencias entre la novela y el cuento, quizá extractada de aquel mismo libro de consulta que me había devuelto la calma, aunque, es necesario reconocerlo, dándole un mayor vuelo literario y un cierto tono pedagógico, del todo ausente en la obra de texto. Le añadía, además, un muy útil cuadro explicativo, que daba cuenta de los sutiles tecnicismos que separan el cuento largo de la novela corta, y que no viene muy al caso repetir ahora. Y no obvió tampoco las afinidades, tal vez para no vapulear demasiado al pobre Gert, a pesar de que, con cierto aire burlón, citó un antecedente sudamericano de la hipótesis del holandés:  El Decálogo del Perfecto Cuentista, de Quiroga.

 Lejos de inmutarse, Gert se propuso predicar con el ejemplo. Dijo que era inútil limitarse a razones de índole teórica (que encima no tenía), citó una falsa anécdota de Diógenes  (aquélla del movimiento que se demuestra andando) y argumentó que convencería al florentino y a todos los escépticos con una demostración que los iba a dejar con la boca abierta. Y Francesco Allegro, el impugnador florentino, aceptó el reto.

 Pasó el tiempo y nadie habló más del asunto. Muchos vieron entonces en Gert a un aventurero sin escrúpulos en busca de publicidad, como pasa a veces. Pero, sorpresivamente -pocos se acordaban de aquel desafío y del ejemplo prometido-, apareció en los Estados Unidos una versión en un tomo de La Guerra y la Paz. El Century de Washington recogió estas breves pero increíbles palabras de Allegro:

 

     Aún no salgo de mi asombro. Un calambre en la mandíbula impide que me exprese abiertamente, pero ¡lo he leído! Sólo puedo articular con torpeza unas palabras:   ¡Mil disculpas, señor Kristoffer Gert!

 

 Y la bomba explotó otra vez, ahora con más ruido. Algunos opinaron que la publicitada competencia verbal entre Gert y Allegro ya estaba arreglada de antemano, y que mucho tenía que ver en ella el impúdico editor de la "Versión Sintética de La Guerra y la Paz de León Tolstoi, por Kristoffer Gert". La primera edición se agotó en apenas tres meses. La segunda, de cien mil ejemplares, desapareció de los escaparates antes de cumplirse el año. Demasiado para un Tolstoi, aun cuando estuviese resumido. Todos quisieron leer la síntesis: era más cómodo y tenía el aval del Century y el de Allegro.

 En el epílogo de este primer trabajo, Gert anotaba, como curiosidad bibliófila, que su afán compactador se había inspirado en la terca fascinación que desde chico le habían deparado los autógrafos: ¿Cómo ese breve garabato podía contener mi nombre completo? Y, para vindicar su práctica sumaria, citó ahí mismo dos antecedentes concretos: el de Aristóteles, que redujo a unas pocas líneas los veinticuatro libros de La Odisea, y el de las obras condensadas de Selecciones del Reader´s Digest, que multiplicaban la biblioteca de su hermano mayor hasta seis veces su volumen real.

 A todo el mundo le gusta presumir, y las modas se alimentan de ese placer malsano. De modo que, a partir de entonces, leer una versión disminuida de Gert fue una moda; una moda que, aunque pocos lo vislumbraron, estaba destinada a hiperbolizarse y a permanecer.

 El prólogo del resumen, obra de Allegro (que, dicho sea de paso, se había comprometido a escribirlo si Gert triunfaba en la empresa), anunciaba con solemnidad:

 

  ... la destreza de Kristoffer Gert es tal, que la versión íntegra  de  una obra monumental   como La Guerra y la Paz,  del gran maestro  ruso, se encuentra, sin omisiones  esenciales, contenida en menos de un tercio de  su extensión original. Gert, debo confesarlo,  sabe extractar la idea de cada página, la intención de cada frase; como el alquimista, ha logrado borrar los límites que separan el cuento de la novela.  Él es el dueño de la síntesis como un compatriota suyo, Rembrandt, fue dueño de la luz.

 

 Tiempo antes, sin embargo, en pleno apogeo de la disputa, había escrito en su columna de actualidad literaria:

 

    Gert es un loco. Sus postulados van más allá del mero abreviar. ¡Pretende transmutar los géneros!

 

 Pero Allegro no era el único que ahora alababa. Un ignoto crítico del Tomorrow Post anotó:

 

    (Gert) ha logrado una obra que, por el bien de la literatura, habrá de perdurar  en  el   tiempo.

 

 Y agregaba, prudente, que no debíamos confundir sus palabras de encomio, que no había que leerlas como una velada aseveración de que Tolstoi había sido incapaz de decir lo mismo en menos páginas, que de ningún modo él equiparaba la figura de Tolstoi con la de Gert, que no ponía a éste por encima del gran escritor ruso. Y remataba:

 

       La historia, al fin y al cabo, la debemos al genio de Tolstoi, no al de Gert.

 

 Hice la cuenta: la alabanza le había llevado dos líneas, la disculpa veinticuatro. Finalmente el mundo literario (y el no literario) había puesto sus ojos en Gert: el camino estaba abierto para continuar con impunidad sus reducciones. Ahora todos esperaban sus felices resúmenes, más para aprobarlos que para destruirlos. A nadie se le ocurrió nadar en contra de la corriente. Como Allegro, el Century y el Tomorrow Post con su ignoto crítico habían elogiado al holandés, todos estaban dispuestos a aplaudir incondicionalmente cualquier cosa que publicara. Si alguno despotricaba oponiendo razones a aquel arte sinóptico, “ipso facto” era rotulado de "geronte reaccionario". Gert fue comparado nada menos que con Apollinaire y Jarry, que eran desprejuiciados y renovadores, y con Chaucer, que dominaba la forma pero que solía abrevar en obras ajenas para confeccionar las propias. Entre los críticos, era evidente, las cosas no estaban muy claras. Pero nadie dejaba de loar.

 Así de bien le iba a Gert cuando presentó su síntesis de la serie proustiana de "A la busca del tiempo perdido" (que incluía el volumen inhallable de "Albertina"). El ignoto crítico del Tomorrow Post (que a esta altura ya no era tan ignoto), acotó en su columna, sin duda con una sonrisa:

 

      ¡Al fin podremos terminar de leerla! Gert parece haber hallado ese tiempo extraviado por Proust.

 

 Seguidamente, para no dejar enfriar la cosa, lanzó su versión de "Crimen y castigo", tal vez dirigida al primitivo comentario de Allegro respecto a los maestros rusos. La fama y el prestigio del holandés traspasaron los límites yanqui-europeos, y llegaron hasta la China e incluso horadaron las monolíticas fronteras soviéticas, donde no se vio con mucho agrado los resúmenes de sus camaradas. Le echaron la culpa a la corrupción capitalista, que era tan dañina que hasta producía ceguera estética. Los libros sinópticos de Gert fueron prohibidos en todos los países socialistas, medida que convino al renombre que nuestro personaje tenía en el resto del mundo. Al igual que en Europa y en América, en Rusia y en China Gert era un monstruo intocable, pero por razones adversas. Agrupaciones de derechos humanos, sociedades anticomunistas, comités de escritores exiliados, se solidarizaron con Gert, víctima de la intolerancia y de la represión cultural.

 En 1963 apareció la versión sintética de La Divina Comedia y los italianos ni siquiera chistaron. Y a la Divina Comedia le siguió la obra de Milton. (El comentarista del Tomorrow Post exclamó: "¡Al fin podremos comenzar a leerla!") En lo que hace al largo poema dantesco, la compresión lo restringió a escasas sesenta páginas en cuerpo catorce. El epílogo (escrito por Gert) llevaba esta controvertida aseveración:

 

          No sólo la prosa puede resumirse sin perder la esencia y el genio de quien la redactó. Este ensayo, sin duda imperfecto, trata de demostrar que el mismo criterio puede aplicarse tranquilamente al verso.

 

 Algún geronte reaccionario argumentó que el holandés aplicaba la síntesis al trabajo de otros, pero que, lamentablemente, nunca se le había ocurrido emplearla en sus prólogos y epílogos, que eran intolerables.

 Y luego de esta aberración, Gert intentó extender su criterio a los cuentos. Sí, a los cuentos. En el Century apareció esta sentencia (repetida en otros periódicos norteamericanos):

 

          Yo aseguré que la novela podía extractarse en un cuento, y logré probarlo. Ahora aseguro que también un cuento puede sintetizarse en un relato más breve.

 

 Estas palabras fueron premonitorias. En seguida se editó su versión de "Los Mejores Cuentos de la Historia”, compilados por Allegro. En este breviario, setecientos treinta y dos cuentos aparecían distribuidos con holgura en doscientas cuarenta y ocho páginas. En 1965 llegó al absurdo de proponer la versión de "El Misterio de Marie Roget" en una sola y precisísima palabra -que debo omitir  para no ser acusado de plagiario-. Augusto Monterroso festejó la ocurrencia. Todos fueron elogios. Los gerontes reaccionarios desaparecieron definitivamente de la escena. Gert fue el niño mimado de todo el espectro literario del planeta. Le llovieron propuestas para sintetizar cualquier cosa, desde las obras completas de Shakespeare (en medio acto), hasta  la "Crítica de la Razón Pura", de Kant ("para facilitar su estudio en las universidades"). Ya nadie podía extrañarse si Gert se dedicaba a compendiar obras que no fueran de ficción. Se sabe, por ejemplo, que una tenaz aunque discreta oposición eclesiástica, evitó que viera la luz una versión condensada de La Biblia. En la encíclica Stare Promisis, Paulo VI dictaminó (préstese atención) que "la Palabra de Dios no debe ser cercenada, ni aun por los talentos más representativos de nuestra cultura occidental y cristiana"; lo que constituyó, más allá de una fijación de límites, una indirecta valoración de la figura literaria de Gert, elevado a "talento representativo de nuestra cultura occidental y  cristiana", encíclica papal mediante.

 Tiempo después recibió el Premio Nobel de Literatura. Decir increíble es poco: Gert no había escrito un solo libro. Toda su obra era obra de otros. Y más increíble aún: la falacia atroz del jurado sueco no fue reprochada en ningún círculo del ambiente, y eso que no sería la primera ni la última. Gert había alcanzado la gloria. Transcribo la grosera excusa de los responsables del lauro:

 

          ...y el tiempo, que nos es cada día más esquivo, nos ha deparado la maestría de Kristoffer Gert.

 

 La maestría de Kristoffer Gert... No seamos ingenuos: lo que el tiempo nos deparó fue una fácil haraganería. Siempre será más sencillo leer un resumen de Gert -que por otro lado ya es todo un clásico- que una tediosa obra de Flaubert. En una sola sentada se puede llegar a conocer, esencialmente, un número considerable de autores y ser una persona culta. Así, con Gert, viene, de yapa, un Kafka, un Chéjov o un James, todo por el mismo precio. La tentación fue, es y será demasiado grande.

 En el 69 -año en el que el hombre pisó la luna-, el viejo conocido de Gert, Francesco Allegro, compiló y prologó la "Obra Completa de Kristoffer Gert", en un solo tomo. Como es natural, todo el mundo esperó entonces la versión abreviada, del propio Gert, de esa Obra Completa.

 Tal vez yo sea un geronte reaccionario, un comunista recalcitrante o lo que quieran, pero sinceramente (o envidiosamente, no sé) juzgo que las tapas de cuero grabadas a fuego de la edición de lujo y las que ostentan el aguafuerte de W.Risso, de la edición en rústica (la que ahora tengo en mis manos), fueron demasiado para la única hoja en blanco de su interior.

Home ] Up ] Daniel Adrián Madeiro ] Fidel Kohn ] José Guillermo Berzunza Reyes ] José Manuel López Gómez ] Julio Argentino Calvo ] Mario Bahamón ] Mario Meléndez ] Mercedes González García ] Jorge Montesino ] Tania Yovanovic ] Mario Erramuspe Viera ] Nelson Ramón Baldor ] Pancho Aquino ] Fernando Zabala ] Claudia Ainchil ] José Colón Ruiz ] Gustavo Galliano ] Jorge Medina ] Nicolás Manservigi ] Camilo Sun ] José Winston Pacheco ] Roberto Attías ] Poesía del Paraguay ] [ Otros Autores ]
 

Ciudades Virtuales Latinas - CIVILA.com y Educar.org (cc) 1996 - 2008
Contenidos distribuidos bajo una
Licencia de Creative Commons.
Licensia de Creative Commons