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El Siglo XVIII fue de un agitado proceso político en el mundo occidental. Hacia fines de siglo, y como resultado de la Ilustración, comenzaron a fermentar ideas que reflejaban los pensamientos de una sociedad cambiante, que empezaba a experimentar progresos científicos y llevaba a una apreciación y afirmación de los Derechos del Hombre, a partir de los escritos de pensadores del iluminismo, como Rousseau. Paralelamente, los monarcas comenzaron a centralizar el poder absoluto en su persona, y gobernar con un representante nombrado por ellos; pero, quienes tenían intereses creados, comenzaron a manifestar su descontento, especialmente la Iglesia y la aristocracia, quienes pronto consiguieron el apoyo de los campesinos. Las nuevas ideas de la Ilustración no sólo influenciaron a Europa, en especial a Francia, sino que también fueron un fundamento importante para llegar a las revoluciones por la libertad de las colonias americanas. En Francia, los reyes desde la Edad Media eran especies de señores feudales, el primero de ellos, pero uno más entre los grandes. Pero al llegar Enrique IV al trono, y luego sus sucesores, los Luises, se estableció el Estado Absolutista. La nobleza perdió parte de su poder político, pero continuó con privilegios, aunque totalmente subordinada al Rey, ocupando cargos como funcionarios subalternos de éste. Así se amplió la burocracia del estado, el ejército y el cuerpo diplomático. Al ser mayor el gasto estatal, los campesinos debían abonar grandes rentas y pagos monetarios hasta por tierras y molinos. La burguesía y los comerciantes y artesanos también debían afrontar importantes impuestos.
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