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Dice Heródoto, quien cuenta los hechos que dan base al cómic y a la película, en el Libro VII de Los Nueve Libros de la Historia: CCXXIV. En el calor del choque, rotas las lanzas de la mayor parte de los combatientes Espartanos, iban con la espada desnuda haciendo carnicería en los Persas. En esta refriega cae Leonidas peleando como varón esforzado, y con él juntamente muchos otros famosos Espartanos, y muchos que no eran tan celebrados, de cuyos nombres como de valientes campeones procuré informarme, y asimismo del nombre particular de todos los trescientos. Mueren allí también muchos Persas distinguidos e insignes, y entre ellos dos hijos de Darío, el uno Abrocomas y el otro Hiperantes, a quienes tuvo en su esposa Fragatuna, hija de Artanes, el cual, siendo hermano del rey Darío, hijo de Histaspes y nieto de Arsames, cuando dio aquella esposa a Darío, le dio con ella, pues era hija única y heredera, su casa y hacienda. CCXXV. Allí murieron peleando estos dos hermanos de Jerges. Pero muerto ya Leonidas, encendióse cerca de su cadáver la mayor pelea entre Persas y Lacedemonios, sobre quiénes le llevarían, el cual duró hasta que los Griegos, haciendo retirar por cuatro veces a los enemigos, le sacaron de allí a viva fuerza. Perseveró el furor de la acción hasta el punto que se acercaron los que venían con Epialtes, pues apenas oyeron los Griegos que ya llegaban, desde luego se hizo muy otro el combate. Volviéndose atrás al paso estrecho del camino y pasada otra vez la muralla, llegaron a un cerro, y juntos allí todos menos los Tébanos, sentáronse apiñados. Está dicho cerro en aquella entrada donde se ve al presente un león de piedra sobre el túmulo de Leonidas. Peleando allí con la espada los que todavía la conservaban, y todos con las manos y a bocados defendiéndose de los enemigos, fueron cubiertos de tiros y sepultados bajo los dardos de los bárbaros, de quienes unos les acometían de frente echando por tierra el parapeto de la muralla, y otros, dando la vuelta, cerrábanles en derredor. CCXXVI. Y siendo así que todos aquellos Lacedemonios y Tespienses se portaron como héroes, es fama con todo que el más bravo fue el Espartano Dieneces, de quien cuentan que como oyese decir a uno de los Traquinios, antes de venir a las manos con los Medos, que al disparar los bárbaros sus arcos cubrirían el sol con una espesa nube de saetas, tanta era su muchedumbre, dióle por respuesta un chiste gracioso sin turbarse por ello; antes haciendo burla de la turba de los Medos, díjole: -que no podía el amigo Traquinio darle mejor nueva, pues cubriendo los Medos el sol se podría pelear con ellos a la sombra sin que les molestase el calor. Este dicho agudo, y otros como éste, dícese que dejó a la posteridad en memoria suya el Lacedemonio Dieneces. CCXXVII. Después de éste señaláronse mucho en valor dos hermanos Lacedemonios, Alfeo y Maron, hijos de Orisanto. Entre los Tespienses el que más se distinguió aquel día fue cierto Detirambo, que así se llamaba, hijo de Amártidas. CCXXVIII. En honor de estos héroes enterrados
allí mismo donde cayeron, no menos que de los
otros que murieran antes que partiesen de allí los
despachados por Leonidas, pusiéronse estas inscripciones:
«Contra tres millones pelearon sólos aquí, en este
sitio, cuatro mil Peloponesios.» Cuyo epígrama se puso a
todos los combatientes en común, pero a los Espartanos
se dedicó éste en particular: «Habla a los
Lacedemonios, amigo, y diles que yacemos aquí obedientes a
sus mandatos.» Este a los Lacedemonios al adivino se
puso el siguiente: «He aquí el túmulo de Megistias, a
quien dio esclarecida muerte al pasar el Sperquio el alfanje
medo: es túmulo de un adivino que supo su hado cercano sin
saber dejar las banderas del jefe.» Los que honraron a los CCXXIX. Entre los 300 Espartanos de que hablo, dícese que hubo dos, Eurito y Aristodemo, quienes pudiendo entrambos de común acuerdo o volverse salvos a Esparta, puesto que con licencia de Leonidas se hallaban ausentes del campo, y por enfermos gravemente de los ojos estaban en cama en Alpenos, o si no querían volverse a ella, ir juntos a morir con sus compañeros, teniendo con todo en su mano elegir uno u otro partido de estos, dícese que no pudieron convenir en una misma resolución. Corre la fama de que, encontrados en su modo de pensar, llegando a noticia de Eurito la sorpresa de los Persas por aquel rodeo, mandó que le trajesen sus armas, y vestido, ordenó al ilota su criado que le condujese al campo de los que peleaban, y que el ilota después de conducirle allí se escapó huyendo; pero que Eurito, metido en lo recio del combate, murió peleando: el otro, empero, Aristodemo, se quedó de puro cobarde. Opino acerca de esto, a decir lo que me parece, que si sólo Aristodemo hubiera podido por enfermo restituirse salvo a Esparta, o que si enfermos entrambos hubieran dado la vuelta, no habrían mostrado los Espartanos contra ellos el menor disgusto. Pero entonces, pereciendo el uno y no queriendo el otro morir con él en un lance igual, no pudieron menos los Espartanos de irritarse contra dicho Aristodemo. CCXXX. Algunos hay que así lo cuentan, y que por este medio Aristodemo se restituyó salvo a Esparta; pero otros dicen que, destinado desde el campo a Esparta por mensajero, estando aun a tiempo de intervenir en el combate que se dio, no quiso concurrir a él, sino que esperando en el camino la resulta de la acción, logró salvarse; pero que su compañero de viaje, retrocediendo para hallarse en la batalla, quedó allí muerto.
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Material compilado y revisado por la educadora argentina Nidia Cobiella. |
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