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Los 300 según Herodoto | 300: Las Películas | Comentarios sobre los 300
Recientemente
se ha estrenado en nuestros cines el filme Los 300, que narra la épica batalla
de 300 espartanos y 700 tespianos contra lo que Herodoto afirma era un ejército
de más de 5 millones de hombres.
CLXXXVI. Y siendo tan excesivo el número de esta gente de guerra, para mí
tengo que no sería menor, sino mayor aún, la chusma en la comitiva de
criados y de marineros en las embarcaciones de trasporte, en especial en
otras naves del convoy que al ejército seguían. Pero demos que el número de
la gente del séquito fuese el mismo ni más ni menos que el de la guerra, y
que compusiese aquella otras tantas miríadas como esta componía. Así, con
este cómputo, la suma total que Jerges, el hijo de Darío, condujo hasta
Sepiada y Termópilas, subiría a 528 miríadas y 3.220 hombres, que son
5.283.220 hombres.
El filme está basado en una historieta o comic de Frank Miller, para la cual
dicho autor reconoce haberse tomado abundantes libertades creativas y cambios a
la historia como la conocemos para añadirle aún más dramatismo al sacrificio de
los valientes hombres.
A continuación se presentan algunas informaciones y referencias históricas para
ampliar sobre lo tratado en el filme y aclarar además algunas imprecisiones en
el mismo. Favor tomar en cuenta al leer las citas de Herodoto, que los
espartanos eran conocidos también como lacedomonios, el nombre de la región de
la cual eran originarios.
Más que 300
Junto a los espartanos, luego de despedir al resto de las fuerzas que
originalmente le acompañaron, pelearon hasta el final 700 tespianos o
tespienses.
CCXXII. Despedidos, pues, los aliados obedientes a Leonidas, fuéronse
retirando, quedando sólo con los Lacedemonios, los Tespienses y Tébanos.
Contra su voluntad y a despecho suyo quedaban los Tébanos, por cuanto
Leonidas quiso retenérselos como en rehenes; pero con muchísimo gusto los
Tespienses, diciendo que nunca se irían de allí dejando a Leonidas y a los
que con él estaban, sino que a pie firme morirían con ellos juntamente. El
comandante particular de esta tropa era Domófilo, hijo de Diadromas.
En adición, se estima que 600 ó 900 ilotas, campesinos o siervos estaban al
servicio de los hoplitas o iguales espartanos, la casta dominante en Esparta. No
hay mención clara de si permanecieron o marcharon antes de la confrontación
final.
La Cobardía y Entrega de los Tebanos
CCXXXIII. Los Tébanos a quienes mandaba Leontiades, todo el tiempo que
estuvieron en el cuerpo de los Griegos peleaban contra las tropas del rey
obligados de la necesidad; pero cuando vieron que se declaraba la victoria
por los Persas, separándose de los Griegos que con Leonidas se retiraban
aprisa hacia el collado, empezaron a tender las manos y acercarse más a los
bárbaros, diciendo que ellos seguían el partido de los Medos (y nunca más
que entonces dijeron la pura verdad), que habían sido los primeros en
entregar todas sus vidas y haciendas, la tierra y el agua al arbitrio del
rey, que precisados de la violencia habían venido a Termópilas, ni tenían
culpa en el daño y destrozo que había sufrido el soberano. Por estas razones
que en su favor alegaban y de que tenían allí por testigos a los Tesalos,
dióseles cuartel, aunque no por eso lograron muy buen éxito, porque los
bárbaros mataron a algunos al tiempo que los prendían conforme llegaban, y a
los más, empezando por su general Leontiades, se les marcó por orden de
Jerges con las armas o sello real como viles esclavos. Hijo fue del dicho
Leontiades aquel Eurimaco a quien algún tiempo después, siendo caudillo de
400 soldados Tébanos, mataron los Plateenses, de cuya plaza se habían
apoderado.
El Rol de los Eforos
Los éforos no eran criaturas deformes, enfermas e incestuosas, que vivían al
margen de la sociedad espartana. Muy al contrario, eran elegidos por un año, al
cabo del cual debían rendir cuentas de sus acciones e incluso podían ser
sentenciados a muerte. Lo cierto es que los éforos tenían poder de veto sobre
las decisiones del rey y eran quienes decidían si el pueblo de Esparta podía ir
a la guerra.
Sobre la Sorpresa e Incredulidad de Jerjes
El rey persa Jerjes no comprendía inicialmente la tranquilidad y valentía de los
Espartanos al ser informado por espías de que estos guererros se arreglaban el
pelo y hacían ejercicios, ante la muerte inminente, mientras el preparaba su
ejército de millones de soldados para aniquilarlos.
CCVIII. Entretanto que esto deliberaban, envió allá Jerges un espía de a
caballo, para que viese cuántos eran los Griegos y lo que allí hacían, pues
había ya oído decir, estando aún en Tesalia, que se había juntado en aquel
sitio un pequeño cuerpo de tropas, cuyos jefes eran los Lacedemonios,
teniendo al frente a Leonidas, príncipe de la familia de los Heraclidas.
Después que estuvo el jinete cerca del campo, si bien no pudo observar todo
el campamento, no siéndole posible alcanzar con los ojos a los acampaban
detrás de la muralla, que reedificada guardaban con su guarnición, pudo muy
bien observar con todo los que estaban delante de ella en la parte exterior,
cuyas armas yacían allí tendidas por orden. Quiso la fortuna que fuesen los
Lacedemonios a quienes tocase entonces por turno estar allí apostados. Vio,
pues, que unos se entretenían en los ejercicios gimnásticos y que otros se
ocupaban en peinar y componer el pelo: mirando aquello el espía, quedó
maravillado haciéndose cargo de cuántos eran: certificóse bien de todo y dio
la vuelta con mucha paz y quietud, no habiendo nadie que le siguiese, ni que
hiciese caso ninguno de él. A su vuelta dio cuenta a Jerges de cuanto había
observado.
CCIX. Al oír Jerges aquella relación, no podía dar en lo que era realmente
la cosa, sino prepararse los Lacedemonios a vender la vida lo más caro que
pudiesen al enemigo. Y como tuviese lo que hacían por sandez y singularidad,
envió a llamar a Demarato, el hijo de Ariston, que se hallaba en el campo; y
cuando lo tuvo en su presencia, le fue preguntando cada cosa en particular,
deseando Jerges entender qué venia a ser lo que hacían los Lacedemonios.
Díjole Demarato: -«Señor, acerca de estos hombres os informé antes la verdad
cuando partimos contra la Grecia. Vos hicisteis burla de mí al oírme decir
lo que yo preveía había de suceder. No tengo mayor empeño que hablar verdad
tratando con vos: oidla ahora también de mi boca: Sabéis que han venido esos
hombres a disputarnos la entrada con las armas en la mano, y que a esto se
disponen; pues este es uso suyo, y así lo practican, peinarse muy bien y
engalanarse, cuando están para ponerse a peligro de perecer. Tened por
seguro que si vencéis a estas tropas y a las que han quedado en Esparta, no
habrá, señor, ninguna otra nación que se atreva a levantar las manos contra
vos; pero reparad bien ahora que vais contra la capital misma, contra la
ciudad más brava de toda la Grecia, contra los más esforzados campeones de
todos los Griegos.» Tal respuesta pareció a Jerges del todo inverosímil, y
preguntóle segunda vez que le dijese cómo era posible que siendo ellos un
puñado de gente y nada más, se hubiesen de atrever a pelear con su ejército;
a lo cual respondió Demarato: -«Convengo, señor, en que me tengáis por
embustero, si no sucede todo puntualmente como os lo digo.»
CCX. No por esto logró que le diese crédito Jerges, quien se estuvo quieto
cuatro días esperando que los Griegos se entregasen por instantes a la fuga.
Llegado el quinto, como ellos no se retirasen de su puesto, parecióle a
Jerges que nacía aquella pertinacia de mera desfachatez y falta de juicio, y
lleno de cólera envió contra ellos a los Medos y Cisios,
con la orden formal de que prendiesen a aquellos locos y se los presentasen
vivos. Acometen con ímpetu gallardo los Medos a los Griegos, caen muchos en
la embestida, vánles otros sucediendo de refresco, y por más que se ven
violentamente repelidos, no vuelven pie atrás. Lo que sin duda logran con
aquello es hacer a todos patente, y mayormente al mismo rey, que tenía allí
muchos hombres, pero pocos varones esforzados. La refriega empezada duró
todo aquel día.
CCXI. Como los Medos se retirasen del choque, después de muy mal parados en
él, y fuesen a relevarles los Persas entrando en la acción, hizo venir el
rey a los Inmortales, cuyo general era Hidarnes, muy confiado en que éstos
se llevarían de calle a los Griegos sin dificultad alguna. Entran, pues, los
Inmortales a medir sus fuerzas con los Griegos, y no con mejor fortuna que
la tropa de los Medos, antes con la misma pérdida que ellos, porque se veían
precisados a pelear en un paso angosto, y con unas lanzas más cortas que las
que usaban los Griegos, no sirviéndoles de nada su misma muchedumbre. Hacían
allí los Lacedemonios prodigios de valor, mostrándose en todo guerreros
peritos y veteranos en medio de unos enemigos mal disciplinados y bisoños, y
muy particularmente cuando al volver las espaldas lo hacían bien formados y
con mucha ligereza. Al verlos huir los bárbaros en sus retiradas, daban tras
ellos con mucho alboroto y gritería; pero al irles ya a los alcances,
volvíanse los Griegos de repente y haciéndoles frente bien ordenados, es
increíble cuánto enemigo Persa derribaban, si bien en aquellos encuentros no
dejaban de caer algunos pocos Espartanos. Viendo los Persas que no podían
apoderarse de aquel paso, por más que lo intentaron con sus brigadas
divididas, y con sus fuerzas juntas, desistieron al cabo de la empresa.
CCXII. Dícese que el rey, que estuvo mirando todas aquellas embestidas del
combate, por tres veces distintas saltó del trono con mucha precipitación
receloso de perder allí su ejército. Tal fue por entonces el tenor de la
contienda: el día después nada mejor les salió a los bárbaros el combate, al
cual volvieron muy confiados de que, siendo tan pocos los enemigos, estarían
tan llenos de heridas que ni fuerza tendrían para tomar las armas ni
levantar los brazos. Pero los Griegos, ordenados en
diferentes cuerpos y repartidos por naciones, iban entrando por orden en la
refriega, faltando sólo los Focenses, que habían sido destacados en la
montaña para guardar una senda que allí había. Así que, viendo los Persas
que tan mal les iba el segundo día como les había ido el primero, se fueron
otra vez retirando.
Sobre la Traición de Ephialtes
Efialtes, el traidor que mostró a los persas el camino a la retaguardia de los
espartanos, nunca llegó a ser recompensado, debido a que los persas perdieron
más tarde ante los griegos en la Batalla de Salamina.
CCXIII. Hallábase el rey confuso no sabiendo qué resolución tomar en aquel
negocio, cuando Epialtes, hijo de Euridemo, de patria Meliense, pidió
audiencia para el rey, esperando salir de ella muy bien premiado y
favorecido. Declaróle, en efecto, haber en los montes cierta senda que iba
hasta Termópilas, y con esta delación abrió camino a la ruina de los Griegos
que estaban allí apostados. Este traidor, temiendo después la vanganza de
los Lacedemonios, huyóse a Tesalia, y en aquella ausencia
fue proscrito por los Pilágoras, habiéndose juntado en Pilea el congreso
general de los Amfictiones, y puesta a precio de dinero su cabeza. Pasado
tiempo, habiéndose restituido a Anticira, murió a manos de Atenades, natural
de Traquina; y si bien es verdad que Atenades le quitó la vida por cierto
motivo, como yo en otro lugar explicaré, con todo, no se lo premiaron menos
los Lacedemonios: Epialtes, en suma, pereció después.
CCXIV. Cuéntase también la cosa de otro modo: dícese que los que dieron
aviso al rey y condujeron a los Persas por el rodeo de los montes, fueron
Onetes, hijo de Fanágoras ciudadano Ristio, y Coridalo, natural de Anticira.
Pero de ningún modo doy crédito a esta fábula, por dos razones: la una,
porque debemos atenernos al juicio de los Pilágoras, quienes, bien
informados sin duda del hecho como diputados públicos de los Griegos, no
ofrecieron premio con su bando de proscripción por la cabeza de Onetes ni
por la de Coridalo, sino solamente por la de Epialtes el Traquinio; la otra,
porque sabemos que Epialtes se ausentó por causa de este delito pudo muy
bien Onetes, por más que no fuese Meliense, tener noticia de aquella senda
excusada, si por mucho tiempo había vivido en el país, no lo niego: solo
afirmo que Epialtes fue el guía que les llevó por aquel rodeo del monte, y
en el descubrimiento de la senda le cargo toda la culpa.
Epialtes es el nombre de una de las criaturas en Final Fantasy XI, como un
monstruoso guerrero con dificultad visual.
Sobre los Inmortales Persas
Eran una fuerte élite de 10,000 soldados que servían a la vez de Guardia
Imperial al custodio del rey y como fuerza ofensiva de infantería. La
denominación de inmortales se debe a que cada miembro muerto o herido era
reemplazado por un nuevo soldado, de forma tal que la cantidad de 10,000 se
mantenía siempre igual.
Sobre Honor, la Gloria y la Política:
relaciones amistosas entre griegos y persas
Al morir Leonidas, su sobrino Pausanias ejerció el poder en nombre de
Pleistarco, el hijo menor de edad de Leonidas. Pausanias fue el general
victorioso contra los persas al año siguiente de la batalla de las Termópilas.
No obstante, con el paso del tiempo, Pausanias entabló relaciones amistosas con
los persas, liberando prisioneros con relaciones o posiciones nobles y
solicitando a al rey persa Jerjes matrimonio con una princesa persa para acercar
los dos pueblos. Los espartanos se indignaron ante dichos esos y al tratar de
apresarle, este huyó a un templo, al cual se le bloqueó la salida, provocando su
muerte por inanición.

Menos de 100 años más tarde de las Batalla de las Termópilas, Plateia y
Salaminas, en las que los griegos lucharon valerosamente contra los persas, nos
cuenta la historia que 10,000 mercenarios griegos lucharon para los persas al
servicio de Ciro contra su hermano mayor, el rey Artajerjes II. Al ser derrotado
Ciro, los 10,000 griegos regresaron a Grecia atravesando unos 4,000 kilómetros
en tierras lejanas y pueblos hostiles. Esta historia es contada por Jenofonte en
su obra Anábasis. Jenofonte, nativo de Atenas, fue parte de los 10,000, aunque
narra la historia en tercera persona. Fue discípulo de Sócrates y autor de
varias obras más, incluyendo Las Helénicas, sobre la Guerra del Peloponeso, una
enciclopedia sobre Ciro y tratados sobre la doma y manejo de caballos, arte del
que se le considera pionero.
Molon Labe: Ven y Cógelas
En el Paso de las Termópilas, hay una placa en memoria del Rey Leonidas con la
frase: "Molon Labe", que signfica "Ven y
cógelas". Se dice que esta fue la respuesta de Leónidas al mensajero de Jerjes
que les ofreció perdonarles la vida a los espartanos a cambio de entregar sus
armas. Esta frase se ha convertido en un símbolo de desafío y valentía a lo
largo de la historia por distintos militares y organizaciones e incluso figura
en el emblema de las fuerzas armadas griegas.
Herodoto no hace mención de esta frase y la fuente histórica para la misma se
encuentra en la obra Apophthegmata Laconica, 225c.11, que se atribuye a
Plutarco.
Pelearemos a la Sombra
Esta frase, la atribuye Herodoto al espartano Dieneces.
CCXXVI. Y siendo así que todos aquellos Lacedemonios y Tespienses se
portaron como héroes, es fama con todo que el más bravo fue el Espartano
Dieneces, de quien cuentan que como oyese decir a uno de los Traquinios,
antes de venir a las manos con los Medos, que al disparar los bárbaros sus
arcos cubrirían el sol con una espesa nube de saetas, tanta era su
muchedumbre, dióle por respuesta un chiste gracioso sin turbarse por ello;
antes haciendo burla de la turba de los Medos, díjole: -que no podía el
amigo Traquinio darle mejor nueva, pues cubriendo los Medos el sol se podría
pelear con ellos a la sombra sin que les molestase el calor. Este dicho
agudo, y otros como éste, dícese que dejó a la posteridad en memoria suya el
Lacedemonio Dieneces.
Los Dos Espartanos que Sobrevivieron y su Suerte
Se cuenta que dos espartanos sobrevivieron a la batalla, pero sufrieron el
escarnio de sus compatriotas.
CCXXIX. Entre los 300 Espartanos de que hablo, dícese que hubo dos, Eurito y
Aristodemo, quienes pudiendo entrambos de común acuerdo o volverse salvos a
Esparta, puesto que con licencia de Leonidas se hallaban ausentes del campo,
y por enfermos gravemente de los ojos estaban en cama en Alpenos, o si no
querían volverse a ella, ir juntos a morir con sus compañeros, teniendo con
todo en su mano elegir uno u otro partido de estos, dícese que no pudieron
convenir en una misma resolución. Corre la fama de que, encontrados en su
modo de pensar, llegando a noticia de Eurito la sorpresa de los Persas por
aquel rodeo, mandó que le trajesen sus armas, y vestido, ordenó al ilota su
criado que le condujese al campo de los que peleaban, y que el ilota después
de conducirle allí se escapó huyendo; pero que Eurito, metido en lo recio
del combate, murió peleando: el otro, empero, Aristodemo, se quedó de puro
cobarde. Opino acerca de esto, a decir lo que me parece, que si sólo
Aristodemo hubiera podido por enfermo restituirse salvo a Esparta, o que si
enfermos entrambos hubieran dado la vuelta, no habrían mostrado los
Espartanos contra ellos el menor disgusto. Pero entonces, pereciendo el uno
y no queriendo el otro morir con él en un lance igual, no pudieron menos los
Espartanos de irritarse contra dicho Aristodemo.
CCXXX. Algunos hay que así lo cuentan, y que por este medio Aristodemo se
restituyó salvo a Esparta; pero otros dicen que, destinado desde el
campo a Esparta por mensajero, estando aun a tiempo de intervenir en el
combate que se dio, no quiso concurrir a él, sino que esperando en el camino
la resulta de la acción, logró salvarse; pero que su compañero de viaje,
retrocediendo para hallarse en la batalla, quedó allí muerto.
CCXXXI. Vuelto Aristodemo a Lacedemonia, incurrió para con todos en una
común nota de infamia, siendo tratado como maldito, de modo que
ninguno de los Espartanos le daba luz ni fuego, ni le hablaba palabra, y era
generalmente apodado llamándole Aristodemo el desertor. Pero él supo pelear
de modo en la batalla de Platea, que borrase del todo la pasada ignominia.
CCXXXII. Cuéntase asimismo que otro de los 300, cuyo nombre era Pantites,
que había sido enviado por nuncio a la Tesalia, quedó vivo; pero como de
vuelta a Esparta se viese públicamente notar por infame, él mismo de pena se
ahorcó.

Bueno, esto por ahora, luego seguimos contando más detalles interesantes.
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Material compilado y revisado por
la educadora argentina Nidia Cobiella.
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