Leyenda contada por Heródoto en el Libro I - Clío, sobre el origen de Ciro, y
otras terribles descripciones de las conductas del rey Astyages:
CVII. Sucedióle en el trono su hijo Astyages, que
tuvo una hija llamada Mandane. A este monarca le
pareció ver en sueño que su hija despedía tanta orina,
que no solamente llenaba con ella la ciudad, sino
que inundaba toda el Asia. Dio cuenta de la visión a
los magos, intérpretes de los sueños, e instruido de
lo que el suyo significaba, concibió tales sospechas
que, cuando Mandane llegó a una edad proporcionada para el matrimonio, no quiso darla por esposa
a ninguno de los Medos dignos de emparentar con
él, sino que la casó con un cierto Persa llamado
Cambyses, a quien consideraba hombre de buena
familia y de carácter pacífico, pero muy inferior a
cualquiera Medo de mediana condición.
CVIII. Viviendo ya Mandane en compañía de
Cambyses, su marido, volvió Astyages en aquel
primer año a tener otra visión, en la cual le pareció
que del centro del cuerpo de su hija salía una parra
que cubría con su sombra toda el Asia. Habiendo
participado este nuevo sueño a los mismos adivinos,
hizo venir de Persia a su hija, que estaba ya en los
últimos días de su embarazo, y le puso guardias con
el objeto de matar a la prole que diese a luz, por haberle
manifestado los intérpretes que aquella criatura
estaba destinada a reinar en su lugar. Queriendo
Astyages impedir que la predicción se realizase, luego
que nació Cyro, llamó a Hárpago, uno de sus
familiares, el más fiel de los Medos, y el ministro
encargado de todos sus negocios, y cuando le tuvo
en su presencia le habló de esta manera: -«Mira, no
descuides, Hárpago, el asunto que te encomiendo.
Ejecútalo puntualmente, no sea que por consideración
a otros, me faltes a mí y vaya por último
a descargar el golpe sobre tu cabeza. Toma el niño
que Mandane ha dado a luz, llévale a tu casa y mátale,
sepultándole después como mejor te parezca.
-Nunca, señor, respondió Hárpago, habréis observado
en vuestro siervo nada que pueda disgustarlos;
en lo sucesivo yo me guardaré bien de faltar a lo que
os debo. Si vuestra voluntad es que la cosa se haga,
a nadie conviene tanto como a mí el ejecutarla
puntualmente.»
CIX. Hárpago dio esta respuesta, y cuando le
entregaron el niño, ricamente vestido, para llevarle a
la muerte, se fue llorando a su casa y comunicó a su
mujer lo que con Astyages le había pasado. -«Y ¿qué
piensas hacer, le dijo ella: -¿Que pienso hacer? respondió
el marido; aunque Astyages se ponga más
furioso de lo que ya está, nunca le obedeceré en una
cosa tan horrible como dar la muerte a su nieto.
Tengo para obrar así muchos motivos. Además de
ser este niño mi pariente, Astyages es ya viejo, no
tiene sucesión varonil, y la corona debe pasar después
de su muerto a Mandane, cuyo hijo me ordena
sacrificar a sus ambiciosos recelos. ¿Qué me restan
sino peligros por todas partes? Mi seguridad exige
ciertamente que este niño perezca; pero conviene
que sea el matador alguno de la familia de Astyages
y no de la mía.»
CX. Dicho esto, envió sin dilación un propio a
uno de los pastores del ganado vacuno de Astyages,
de quien sabía que apacentaba sus rebaños en
abundantísimos pastos, dentro de unas montañas
pobladas de fieras. Este vaquero, cuyo nombre era
Mitradates, cohabitaba con una mujer, consierva
suya, que en lengua de la Media se llamaba Spaco y
en la de la Grecia debería llamarse Kynos, pues los
Medos a la perra la llaman Spaca. Las faldas de los
montes donde aquel mayoral tenía sus praderas,
vienen a caer al Norte de Ecbatana por la parte que
mira al ponto Euxino, y confina con los Sappires.
Este país es sobremanera montuoso, muy elevado y
lleno de bosques, siendo lo restante de la Media una
continuada llanura.
Vino el pastor con la mayor presteza y diligencia,
y Hárpago le habló de esto modo: -«Astyages te
manda tomar este niño y abandonarlo en el paraje
más desierto de tus montañas, para que perezca lo
más pronto posible. Tengo orden para decirte de su
parte, que si dejares de matarle, o por cualquiera vía
escapare el niño de la muerte, serás tú quien la sufra
en el más horrible suplicio; y yo mismo estoy encargado
de ver por mis ojos la exposición del infante.»
CXI. Recibida esta comisión, tomó Mitradates el
niño, y por el mismo camino que trajo volvióse a su
cabaña. Cuando partió para la ciudad, se hallaba su
mujer todo el día con dolores de parto, y quiso la
buena suerte que diese a luz un niño. Durante la
ausencia estaban los dos llenos de zozobra el uno
por el otro; el marido solícito por el parto de su
mujer, y ésta recelosa porque, fuera de toda costumbre,
Hárpago había llamado a su marido. Así, pues,
que le vio comparecer ya de vuelta, y no esperándole
tan pronto, le preguntó el motivo de haber sido
llamado con tanta prisa por Hárpago. -«¡Ah
mujer mía! respondió el pastor; cuando llegué a la
ciudad vi y oí cosas que pluguiese al cielo jamás hubiese
visto ni oído, y que nunca ellas pudiesen suceder
a nuestros amos. La casa de Hárpago estaba
sumergida en llanto; entro asustado en ella, y me
veo en medio a un niño recién nacido, que con vestidos
de oro y de varios colores palpitaba y lloraba.
Luego que Hárpago me ve, al punto me ordena que,
tomando aquel niño, me vaya con él y le exponga en
aquella parte de los montes donde más abunden las
fieras; diciéndome que Astyages era quien lo mandaba,
y dirigiéndome las mayores amenazas si no lo
cumplía. Tomo el niño, y me vengo con él, imaginando
sería de alguno de sus domésticos, y sin sospechar
su verdadero linaje. Sin embargo, me
pasmaba de verle ataviado con oro y preciosos vestidos,
y de que por él hubiese tanto lloro en la casa.
Pero bien presto supe en el camino de boca de un
criado, que conduciéndome fuera de la ciudad puso
en mis brazos el niño, que éste era hijo de la princesa
Mandane y de Cambyses. Tal es, mujer, toda la
historia, y aquí tienes el niño.»
CXII. Diciendo esto, le descubre y enseña a su
mujer, la cual, viéndole tan robusto y hermoso, se
echa a los pies de su marido, abraza sus rodillas, y
anegada en lágrimas, le ruega encarecidamente que
por ningún motivo piense en exponerle. Su marido
responde que no puede menos de hacerlo así, porque
vendrían espías de parte de Hárpago para verle,
y él mismo perecería desastradamente si no lo ejecutaba.
La mujer, entonces, no pudiendo vencer a su
marido, le dice de nuevo: -«Ya que es indispensable
que le vean expuesto, haz por lo menos lo que voy a
decirte. Sabe que yo también he parido, y que fue
un niño muerto. A éste le puedes exponer, y nosotros
criaremos el de la hija de Astyages como si fuese
nuestro. Así no corres el peligro de ser castigado
por desobediente al Rey, ni tendremos después que
arrepentirnos de nuestra mala resolución. El muerto
además logrará de este modo una sepultura regia, y
este otro que existe conservará su vida.»
CXIII. Parecióle al pastor que, según las circunstancias
presentes, hablaba muy bien su mujer, y
sin esperar más hizo lo que ella le proponía. Le entregó,
pues, el niño que tenía condenado a muerte,
tomó el suyo difunto y lo metió en la misma canasta
en que acababa de venir el otro, adornándole con
todas sus galas; y después se fue con él y le dejó expuesto
en lo más solitario del monte.
Al tercer día se marchó el vaquero a la ciudad,
habiendo dejado en su lugar por centinela a uno de
sus zagales, y llegando a casa de Hárpago le dijo que
estaba pronto a enseñarle el cadáver de aquella
criatura. Hárpago envió al monte algunos de sus
guardias, los que entre todos tenía por más fieles, y
cerciorado del hecho dio sepultura al hijo del pastor.
El otro niño, a quien con el tiempo se dio el nombre
de Cyro, luego que le hubo tomado la pastora
fue criado por ella, poniéndole un nombre cualquiera,
pero no el de Cyro.
CXIV. Cuando llegó a los diez años, una casualidad
hizo que se descubriese quién era. En aquella
aldea donde estaban los rebaños, sucedió que Cyro
se pusiese a jugar en la calle con otros muchachos
de su edad. Estos en el juego escogieron por rey al
hijo del pastor de vacas. En virtud de su nueva dignidad,
mandó a unos que le fabricasen su palacio
real, eligió a otros para que le sirviesen de guardias,
nombró a éste inspector, ministro (o como se decía
entonces ojo del rey), hizo al otro su gentilhombre
para que le entrase los recados, y, por fin, a cada
uno distribuyó su empleo. Jugaba con los otros muchachos
uno que era hijo de Artémbares, hombre
principal entre los Medos, y como este niño no
obedeciese a lo que Cyro le mandaba, dio orden a
los otros para que le prendiesen, obedecieron ellos y
le mandó Cyro azotar, no de burlas, sino ásperamente.
El muchacho, llevado muy a mal aquel tratamiento,
que consideraba indigno de su persona,
luego que se vio suelto se fue a la ciudad, y se quejó
amargamente a su padre de lo que con él había ejecutado
Cyro, no llamándole Cyro (que no era todavía
este su nombre), sino aquel muchacho, hijo del
vaquero de Astyages. Enfurecido Artémbares, fuese
a ver al Rey, llevando consigo a su hijo, y lamentándose
del atroz insulto que se les había hecho.
-«Mirad, señor, decía, cómo nos ha tratado el hijo
del vaquero, vuestro esclavo;» y al decir esto, descubría
las espaldas lastimadas de su hijo.
CXV. Astyages, que tal oía y veía, queriendo
vengar la insolencia usada con aquel niño y volver
por el honor ultrajado de su padre, hizo comparecer
en su presencia al vaquero, juntamente con su hijo.
Luego que ambos se presentaron, vueltos los ojos a
Cyro, le dice Astyages: -«¿Cómo tú, siendo hijo de
quien eres, has tenido la osadía de tratar con tanta
insolencia y crueldad a este mancebo, que sabías ser
hijo de una persona de las primeras de mi corte?
-Yo, señor, le responde Cyro, tuve razón en lo que
hice; porque habéis de saber que los muchachos de
la aldea, siendo ese uno de ellos, se concertaron jugando
en que yo fuese su rey, pareciéndoles que era
yo el que más merecía serlo por mis prendas. Todos
lo otros niños obedecían puntualmente mis órdenes;
solo éste era el que sin hacerme caso, no quería
obedecer, hasta que por último recibió la pena merecida.
Si por ello soy yo también digno de castigo,
aquí me tenéis dispuesto a todo.»
CXVI. Mientras Cyro hablaba de esta suerte, quiso
reconocerle Astyages, pareciéndole que las facciones
de su rostro eran semejantes a las suyas, que
se descubría en sus ademanes cierto aire de nobleza,
y que el tiempo en que le mandó exponer convenía
perfectamente con la edad de aquel muchacho.
Embebido en estas ideas, estuvo largo rato sin hablar
palabra, hasta que, vuelto en sí, trató de despedir
a Artémbares, con la mira de coger a solas al
pastor y obligarle a confesar la verdad. Al efecto lo
dijo: -Artémbares, queda a mi cuidado hacer cuanto
convenga para que tu hijo no tenga motivo de quejarse
por el insulto que se le hizo.» Y luego los despidió,
y al mismo tiempo los criados, por orden
suya, se llevaron adentro a Cyro. Solo con el vaquero,
le preguntó de dónde había recibido aquel
muchacho, y quién se lo había entregado. Contestando
el otro que era hijo suyo, y que la mujer de
quien lo había tenido habitaba con él en la misma
cabaña, volvió a decirle Astyages que mirase por si y
no se quisiese exponer a los rigores del tormento; y
haciendo a los guardias una seña para que se echasen
sobre él, tuvo miedo el pastor y descubrió toda
la verdad del hecho desde su principio, acogiéndose
por último a las súplicas y pidiéndole humildemente
que le perdonase.
CXVII. Astyages, después de esta declaración, se
mostró menos irritado con el vaquero, dirigiendo
toda su cólera contra Hárpago, a quien hizo llamar
inmediatamente por medio de sus guardias. Luego
que vino le habló así: -«Dime, Hárpago, ¿con qué
género de muerte hiciste perecer al niño de mi hija,
que puse en tus manos?» Como Hárpago viese que
estaba allí el pastor, temiendo ser cogido si caminaba
por la senda de la mentira, dijo sin rodeos: -«Luego, señor, que recibí el niño, me puse a pensar
cómo podría ejecutar vuestras órdenes sin incurrir
en vuestra indignación, y sin ser yo mismo el matador
del hijo de la Princesa. ¿Qué hice, pues? Llamé
a este vaquero, y entregándole la criatura, le dijo que
vos mandabais que la hiciese morir; y en esto seguramente
dije la verdad. Dile orden para que la expusiese
en lo más solitario del monte, y que no la
perdiese de vista en tanto que respirase, amenazándole con los mayores suplicios si no lo ejecutaba
puntualmente. Cuando me dio noticia de la muerte
del niño, envié los eunucos de más confianza para
quedar seguro del hecho y para que le diesen sepultura.
Ved aquí, señor, la verdad y el modo cómo
pereció el niño.»
CXVIII. Disimulando Astyages el enojo de que
se hallaba poseído, le refirió primeramente lo que el
vaquero le había contado, y concluyó diciendo, que
puesto que el niño vivía lo daba todo por bien hecho;
«porque a la verdad, añadió, me pesaba en extremo
lo que había mandado ejecutar con aquella
criatura inocente, y no podía sufrir la idea de la
ofensa cometida contra mi hija. Pero ya que la fortuna
se ha convertido de mala en buena, quiero que
envíes a tu hijo para que haga compañía al recién
llegado, y que tú mismo vengas hoy a comer conmigo;
porque tengo resuelto hacer un sacrificio a los
dioses, a quienes debemos honrar y dar gracias por
el beneficio de haber conservado a mi nieto.»
CXIX. Hárpago, después de hacer al Rey una
profunda reverencia, se marchó a su casa lleno de
gozo por haber salido con tanta dicha de aquel apuro
y por el grande honor de ser convidado a celebrar
con el Monarca el feliz hallazgo. Lo primero
que hizo fue enviar a palacio al hijo único que tenía,
de edad de trece años, encargándole hiciese todo lo
que Astyages le ordenase; y no pudiendo contener
su alegría, dio parte a su esposa de toda aquella
aventura. Astyages, luego que llegó el niño le mandó
degollar, y dispuso que, hecho pedazos, se asase
una parte de su carne, y otra se hirviese, y que
todo estuviese pronto y bien condimentado. Llegada
ya la hora de comer y reunidos los convidados,
se pusieron para el Rey y los demás sus respectivas
mesas llenas de platos de carnero; y a Hárpago se le puso también la suya,
pero con la carne de su mismo hijo, sin faltar de ella más que la cabeza y las
extremidades de los pies y manos, que quedaban
encubiertas en un canasto. Comió Hárpago, y cuando
ya daba muestras de estar satisfecho, le preguntó
Astyages si le había gustado el convite; y como él
respondiese que había comido con mucho placer,
ciertos criados, de antemano prevenidos, le presentaron
cubierta la canasta donde estaba la cabeza de
su hijo con las manos y pies, y le dijeron que la descubriese
y tomase de ella lo que más le gustase.
Obedeció Hárpago, descubrió la canasta y vio los
restos de su hijo, pero todo sin consternarse, permaneciendo
dueño de sí mismo y conservando serenidad.
Astyages le preguntó si conocía de qué
especie de caza era la carne que había comido: él
respondió que sí, y que daba por bien hecho cuanto
disponía su Soberano; y recogiendo los despojos de
su hijo, los llevó a su casa, con el objeto, a mi parecer,
de darles sepultura.
CXX. Deliberando el Rey sobre el partido que le
convenía adoptar relativamente a Cyro, llamó a los
magos que le interpretaron el sueño, y pidióles otra
vez su opinión. Ellos respondieron que si el niño
vivía, era indispensable que reinase. -«Pues el niño
vive, replicó Astyages, y habiéndole nombrado rey
en sus juegos los otros muchachos de la aldea, ha
desempeñado las funciones de tal, eligiendo sus
guardias, porteros, mayordomos y demás empleados.
¿Qué pensáis ahora de lo sucedido? -Señor,
dijeron los magos, si el niño vive y ha reinado ya, no
habiendo esto sido hecho con estudio, podéis quedar
tranquilo y tener buen ánimo, pues ya no hay
peligro de que reine segunda vez.
Además de que algunas de nuestras predicciones
suelen tener resultados de poco momento, y las cosas
pertenecientes a los sueños a veces nada significan.
-A lo mismo me inclino yo, respondió
Astyages, y creo que mi visión se ha verificado ya en
el juego de los niños. Sin embargo, aunque me parece
que nada debo temer de parte de mi nieto, os
encargo que lo miréis bien, y me aconsejéis lo más
útil y seguro para mi casa y para vosotros mismos.
-A nosotros nos importa infinito, respondieron los
magos, que la suprema autoridad permanezca firme
en vuestra persona; porque pasando el imperio a ese
niño, Persa de nación, seriamos tratados los Medos
come siervos, y para nada se contaría con nosotros.
Pero reinando vos, que sois nuestro compatriota,
tenemos parte en el mando y disfrutamos en vuestra
corte los primeros honores. Ved, pues, señor,
cuánto nos interesa mirar por la seguridad de vuestra
persona y la continuación de vuestro reinado. Al
menor peligro que viésemos, os lo manifestaríamos
con toda fidelidad; mas ya que el sueño se ha convertido
en una friolera, quedamos por nuestra parte
llenos de confianza y os exhortamos a que la tengáis
también, y a que, separando de vuestra vista a ese
niño, le enviéis a Persia a casa de sus padres.»
CXXI. Alegróse mucho el Rey con tales razones,
y llamando a Cyro, le dijo: -«Quiero que sepas, hijo
mío, que inducido por la visión poco sincera de un
sueño, traté de hacerte una sinrazón; pero tu buena
fortuna te ha salvado. Vete, pues, a Persia, para
donde te daré buenos conductores, y allí encontrarás
otros padres bien diferentes de Mitradates y de
su mujer la vaquera.»
CXXII. En seguida despachó Astyages a Cyro, el
cual llegado a casa de Cambyses, fue recibido por
sus padres, que no se saciaban de abrazarle, como
quienes estaban en la persuasión de que había
muerto poco después de nacer.