Selecciona acá para volver al inicio

Aquel día

Aquel día

-¡Qué viaje!

-Lástima que ya terminó.

-¿Te pasa algo? Ya sé, no me digas nada.

-Voy a ver a mi papá, le prometí que apenas llegaba lo iría a ver, a él primero que todos.

-Pero ¿por qué no sacás primero la ropa de las valijas?, para ir a verlo hay tiempo.

-Lo mismo decía él, para verme a mí había tiempo de sobra, tiempo que no llegó...

-Sólo te pido una cosa: no llores, no sufras, él murió hace mucho tiempo y no podés estar atada a esa muerte para toda la vida, tenés que seguir adelante, por favor...

-Me voy. Si no tenés ganas de acomodar las cosas, lo hago yo a la vuelta.

-No, yo lo hago, no tardes demasiado.

Recién llegaba de mi luna de miel, supuestamente todo debía estar tranquilo, pero no era así, cuando salí a la calle me sentía destruida como aquel día, sin más ganas para nada, sólo para llorar.

Cuando entré en el cementerio todo estaba tan solitario que un escalofrío recorrió mi espalda y de mis ojos saltó mi primera lágrima. Siempre pasaba lo mismo, ni una vez fallaba, y cuando llegaba a esa tumba se me partía el alma y los recuerdos volvían a mi memoria, frescos como si todo hubiera pasado ayer, a pesar de que ya hacía 10 años...

Papá, llamado Ricardo, era empresario y mamá, llamada Sofía, era su secretaria, estaban todo el tiempo ocupados y ninguno de los dos estaba en casa con nosotros compartiendo un rato familiar, sólo los domingos cuando íbamos a misa. Mi hermano Federico era dos años mayor que yo, tenía 16 años y siempre estaba fuera de casa, aprovechándose de la pobre María, la señora encargada de cuidarnos. En cambio yo me quedaba hasta tarde  esperando a mamá y a papá.

Una noche, mientras los esperaba, me quedé dormida en el sillón de papá, desperté unas horas después y todavía estaba en el sillón. En ese momento me asusté porque no sabía qué hora era, fui a la cocina y vi que eran las 4 de la mañana; a veces papá tardaba pero nunca más de las 2. Entonces subí corriendo al cuarto de papá. Cuando entré, mamá dormía pero papá no estaba, no quise asustarla y no la desperté. Bajé y lo esperé media hora más, un miedo intenso se apoderó de mi, y las lágrimas caían sobre mi rostro sin que yo hiciera el menor esfuerzo; empecé a pensar lo peor y finalmente me quedé dormida.

A la mañana siguiente desperté en mi cama, y lo primero que hice fue correr al cuarto de papá; por suerte allí estaba, dormido; me acerqué y le di un beso en la mejilla, agradeciendo a Dios que no le había pasado nada. En ese momento papá despertó, me miró a los ojos y me sonrió, sentí un gran alivio y dándole otro beso salí de la habitación.

El viernes por la noche aproveché que al día siguiente no tenía que ir a la escuela y le quise dar una sorpresa; cuando estaba por entrar a su cuarto escuché que discutía con mamá y me quedé escuchando...

-No puedo creer lo que has hecho, ¿Por qué lo hiciste?

-Pensé que tú no sabías nada, Ricardo, y no te quería preocupar, quería solucionar  esto sin que te enteraras para que no resultara un problema más para ti, ¡con todos los que tenemos...!

-Me lo hubieras dicho, yo ya tenía la solución, y ahora... ¡y ahora no sé que voy a hacer!

Nunca supe de qué se trataba realmente ese problema, lo que sé, es que ese problema fue el culpable de todo.

Papá tenía en el cajón de su escritorio una caja del más fino cigarrillo, y sólo fumaba uno cada vez que algo le salía bien, algún negocio, alguna compra, alguna venta. Tomaba uno, se sentaba en el sillón rojo que le había dejado su bisabuelo y que era sagrado para él. Entre los dedos de su mano derecha sostenía el cigarrillo mientras que con su mano izquierda se rascaba la escasa barba de su mentón, mientras nos invitaba a todos, con su sonrisa perfecta,  para que escucháramos sobre su triunfo.

Una noche, mientras dormía, escuché gritos en la oficina que papá tenía en casa.

Bajé sin hacer ningún ruido y me acerqué lentamente a la oficina. Papá hablaba por teléfono. Era raro que alguien hablara por teléfono a las 3:00 de la mañana, por eso me quedé a escuchar; papá estaba muy nervioso; de pronto colgó el teléfono muy violentamente, me asusté un poco por SU actitud pero resolví quedarme a ver qué pasaba. Pronto escuché que papá comenzaba a llorar, el corazón se me partía, pensaba que los hombres podían llorar, todos, menos papá, porque papá era el hombre más fuerte y no podía llorar. En ese momento me sentí egoísta por lo que pensaba y me acerqué a él lentamente, él no se dio cuenta hasta que le toqué el hombro; al verme no tuvo miedo de llorar y me abrazó, sentí mucha lástima por él y quedamos abrazados por unos minutos, los minutos más tiernos de mi vida, minutos que parecieron una eternidad, minutos que nunca voy a olvidar.

Recuerdo que después le pedí una explicación sobre todo lo que pasaba últimamente en casa, él me dijo que no podía contármelo por mi seguridad, pero nunca llegué a entender esas palabras, ¿Ante qué corría peligro? A veces me lo preguntaba, y me preguntaba también: ¿Todavía corro peligro?.

Pasó un tiempo en que todo estuvo bien, papá se sentaba muy seguido en su sillón preferido, con su cigarrillo y todos estábamos muy contentos con sus fascinantes historias.

Ese tiempo fue el más feliz de la familia, pero todo terminó, la alegría de todos quedó sepultada junto con papá, aquella noche de lluvia, oscura...

Papá recibió una llamada de alguien que no dio su nombre, sólo le dijo que era para iniciar un negocio muy importante, que ayudaría a su empresa para ser la mejor. Papá salió de casa muy feliz, creyendo en las palabras de ese hombre. Esa noche no volvió, mamá desesperada llamó a la policía, horas más tarde nos avisaron que lo habían encontrado, sólo que asesinado.

Años más tarde encontraron al asesino, había estafado a varias personas, pero la policía lo había descubierto y como no estaba dispuesto a ir a la cárcel, se suicidó.

Nunca quisieron decirme porqué razón ese desgraciado había matado a papá; mamá murió contenta y feliz porque decía que se vería con “su Ricardito” en el cielo.

Saludé a papá, y en el momento en que me paré para irme del cementerio sentí en el fondo de mi alma, que algo o alguien me retenía suavemente. En ese momento el frío cementerio se transformó en un hermoso parque, en el cual, de pronto apareció papá que se acercó y me dijo:

-¡Qué feliz estoy de verte!

No podía creer lo que estaba viendo: ¡Era papá, y me estaba hablando! Emocionada le contesté y se entabló una pequeña conversación:

-¡Yo también papá!

-Y si estás contenta, ¿Por qué lloras?

-De emoción.

-Bueno, escúchame muy bien, yo te quería ver feliz, y Mauricio, ¡ah!,  ese muchacho con el que te casaste siempre me gustó. Bueno, como decía, Mauricio es muy bueno contigo, los dos están muy bien, se quieren; es por eso, que no puedo dejar que sigas sufriendo por mí, ¿está bien?. Así que cuando salgas de aquí, ven a visitarme cada tanto, pero no llores porque yo sé que me quieres y eso es suficiente, deja los recuerdos atrás y vive la vida, vívela contenta y no te dejes llevar por la ambición.

Tenía millones de preguntas para hacerle, pero en ese  momento sentí una paz tan grande en mi alma, que dejé que pasaran esas preguntas que se responderían con el tiempo.

Abrí los ojos y estaba nuevamente en el cementerio, muy frío, pero yo no sentía frío, todavía sentía esa retención suave que pronto desapareció.

Y también sentí, que en algún lugar, papá se sentía orgulloso de mí, y sentía como se reía, con su perfecta sonrisa:

 

María Belén Bonino
14 años
 San Francisco (Córdoba)
Argentina
Este cuento obtuvo 2º Premio en un Concurso Literario

Tel.: (03564-428771)

 

Jardín "Los Ratones..." | Aquel día | Compañeros | El Hewerd | Hielo | Historia | Juan y su Pizza | La Mejor Navidad | Los Más Pequeños de la Aldea | Mamá hay una sola | Marina y el Gato Montés

Derechos del Niño | Juegos | Actividades | Con Palabras | Concursos | Notas Curiosas | Mundo Animal | Artículos y Obras


 


Ciudades Virtuales Latinas - CIVILA.com y Educar.org (cc) 1996 - 2011
Contenidos distribuidos bajo una
Licencia de Creative Commons.
Licensia de Creative Commons