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Historia

Historia

Aquella época era dura, dura para mi gente, mi tierra, mi patria. Las amenazas crecían a medida que pasaba el tiempo, nuestro rey pedía tiempo, ayuda en otras palabras.

La gente se alzaba, se rebelaba a nuestro rey, que asustado, el día 19 de Octubre de 1594, huyó hacia las montañas, me dejó a mi, su hija, heredera del trono. Yo, princesa de Erwing, con tan solo 19 años, era ya una reina, reina de mi pueblo..

El día de la coronación, el miedo recorría mi cuerpo, las doncellas me preparaban para la ceremonia, mientras, yo, asustada las miraba con tristeza.

Mi madre, antigua reina, murió cuando yo tan solo tenia 7 años, mi padre cayó en una gran depresión, la tristeza lo invadía, poco a poco.

Cuando aparecí en el balcón real, con todas las miradas fijadas en mi (miradas de duques y nobles, caballeros de la corte, reyes de reinos vecinos,...y por supuesto, mi gente), mis piernas temblaban, mi voz dudaba, pero la corona seguía allí, esperándome.

La coronación duró poco, fue cuestión de minutos, la gente aplaudía, me sentía sola.

La gente gritaba:“Larga vida a la Reina”, eso no era lo que necesitaba.Estaba rodeada de gente que convivía conmigo, pero ni siquiera los conocía, eran unos completos desconocidos.

La guerra estaba declarada con el Rey Dil, nuestro reino vecino, se aprovechó de la situación, mi padre ya no reinaba, ahora él podía atacar mi ciudad sin miedo a nada. Pero se olvidaba de algo, mi padre ya no estaba aquí, pero yo daría mi vida por defender a mi pueblo, no dejaría que entrara tan fácilmente.

Aquí comienza la historia, historia convertida en leyenda, leyenda convertida en mito. El Rey Dil, no usaba su nombre para reinar, su nombre verdadero era: Arturo, el Rey Arturo. Junto a él estaba la espada Escalibur, jamás lo vencería mientras él la tuviese en sus manos, tenia que conseguir esa espada, o mi reino caeria.

Camelot, reino de Arturo, estaba muy bien defendido, pero yo tenía algo en mi favor, algo muy importante.

La espada Escalibur, estaba partita en dos, la rabia de Arturo, años atrás, lo indujo a matar a su propio padre, que fue el que forjó la espada y por esa razón la espada se partió en dos, para que nadie pudiera volver a utilizarla.

Hace ya años que ocurrió eso, yo tan solo tendría unos 3 años mas o menos. Fue el echo de matar a su propio padre el que convirtió a Arturo (el amable rey, respetado y amado) en un temible rey poderoso, astuto y malvado.

El tiempo corría, y no eran momentos de perderlo, mis contactos en Camelot, me habían proporcionado la información de que el Rey había partido ya a Las Montañas Nevadas (conocidas como las montañas de la muerte). Aquel era el único sitio donde podría reparar su espada, con ayuda de los elfos, amadas criaturas, llenas de luz y amor, lo que la espada necesitaba para recomponerse.

Se decía que llevaban dos días de camino y una tropa de sus mejores jinetes y caballeros de la mesa redonda. El tiempo apremiaba, teníamos que llegar a la cima de las montañas antes que ellos, y advertir a los elfos de que el mas malvado rey, se a aproximaba a ellos con el fin de engañarlos.

El día 11 de Diciembre de 1037, salí por primera vez de lo que yo llamaba hogar, las puertas de Erwing se habrían ante mi y mis jinetes, éramos unos 80, unos 90 contando con médicos y hechiceros. El tiempo era frío y húmedo, cuanto mas nos acercábamos al pie de las montañas, mayor era el miedo que recorría mi cuerpo.

Las dos primeras horas me dediqué a observar el paisaje desde mi leal caballo, Yoah, era un caballo fuerte y valiente, me lo regaló mi padre cuando cumplí 10 años, fue el mejor regalo de mi vida. Cuando los caballos empezaron a cansarse, decidimos parar para descansar y comer algo:

-Alteza, ¿desea algo de comida?-preguntó un humilde jinete que yo no conocía.

-No, gracias, eres muy amable señor....

-Tom, Tom Hurgan hijo de el leal caballero Dave Hurgan.

-Veamos...Hurgan...Hurgan...¡Hurgan! ya se quien es. Fue uno de los mejores amigos de mi padre, pero hace unos años dejó de saber de él, me contó algo de que se había marchado a...no lo recuerdo.

-Yo tampoco se nada de él, solo se que un buen día, me levanté y vi a mi madre llorar, con una nota en la mano. Ni siquiera se molestó en leérmela.

-Vaya, tuvo que ser duro, lo siento.

-No pasa nada, solo que uno a veces echa de menos a sus familiares...

-Lo se, de primera mano además.

-Bueno, vamos a dejarnos de tristezas. ¿Vienes a dar una vuelta? Conozco un lago precioso cerca de aquí.

-Veras, creo que este no es el momento mas adecuado para paseitos pero...

-¡No digas nada! Lo siento, he tomado demasiadas confianzas mi alteza, solo estoy aquí para servirle. Obtenga mis disculpas de nuevo.

-Tranquilo, no pasa nada. Pero solo te voy a pedir una cosa.

-¿El que?

-Que no me vuelvas a llamar alteza, mi nombre es Natalie, así me gusta que me llamen. ¿De acuerdo?- mientras preguntaba aquello, solté una amable sonrisa.

-A sus ordenes.-dijo él de cachondeo.

Las trompetas se oían, el tiempo había terminado, él tenia que volver con el grupo de los jinetes, y yo con los caballeros.

Era la primera vez que sentía algo así, me hubiera gustado que aquella charla hubiera durado horas y horas, pero se me hizo muy corta. Quedamos en volver a hablar cuando anocheciera, a escondidas, puesto que estaba totalmente prohibido que los jinetes hablaran con la reina sin alguien que los vigilara. Eso era lo peor de ser reina, no tenías libertad, cuando estabas con esa gente tan sería (duques y demás), sentía unas terribles ganas de gritar, por dios, tan solo tenía 19 años, todo aquello era demasiado.

Algunas noches, me ponía a pensar, a veces odiaba a mi padre, por ser tan egoísta, y dejarme a mi a cargo de todo lo que él había creado.

Esa noche, no pensé en mi padre, tan solo pensé en que llegarán las 02:00, para poder volver a hablar con Tom. Llevaba todo el día pensando en que decirle, y se me había pasado por completo la verdadera razón esta misión. No podía dejar que mi pueblo cayera, solo llevaba un mes reinando, y antes de mi, muchos reyes y reinas habían reinado, no podía hacerles esto a mis reyes de antaño.

Por esa misma razón, a la 01:55, cuando me disponía a salir de mi tienda de campaña, volví a mi cama, y decidí dejar plantado a Tom. Mi corazón no quería hacer eso, pero mi cabeza mandaba en aquel momento, y con aquel pensamiento de culpa, el sueño se apoderó de mi...

Desperté con el sol de la mañana, era 12 de Diciembre, mi cumpleaños. La gente empezó a entrar a mi habitación, con comida y regalos, a las mitad de las personas ni siquiera las conocía, aquello era realmente triste. Di las gracias a todos, me vestí y fui a la sala de reuniones que habían montado.

Los caballeros de la corte ya estaban allí, éramos unos 7 contando conmigo:

-Buenos días, mi alteza.-dijo Grill Brown. (un jinete viejo y sabio, muy amigo de la familia)

-Buenos días a todos. Hoy cumplo 20 años, me gustaría que no me lo recordaseis tanto, me hago adulta, y eso no me gusta.

Unas risas falsas inundaron la sala. Nos pasamos la mañana decidiendo el camino que íbamos a tomar para adelantar al Rey Arturo y sus tropas, ellos era menos, pero no quise arriesgarme a atacarles, estaban cerca.

Aquella mañana era fría y soleada, la gente afilaba sus espadas mientras yo me dirigía a ver como había descansado Yoah. Mi sorpresa fue terrible al ver quien estaba acariciando a Yoah, era Tom. Él estaba de espaldas, y lo primero que me vino a la cabeza fue huir, no podía saludarle como si no hubiera pasado nada, puesto que la noche anterior lo había dejado plantado. Pero no me fui, me acerqué a él, y le dije:

-Buenos días.

-¡Alteza! Felicidades, me he enterado que es su cumpleaños.

-¿Alteza?

-Perdón, Natalie, se me había olvidado.

-Tranquilo, veras, quería hablar contigo sobre algo...-no me dejó acabar la frase.

-No hace falta que te disculpes, ni que me des explicaciones sobre lo de anoche, entiendo que no quieras saber nada de mi. No soy ningún noble de la corte, ni nada por el estilo, solo soy un trabajador mas.

-No fue esa la razón por la que no acudí a la cita.

-¿ A no?

-No, es que estuve pensado, que quizá este viaje no era el mas apropiado para quedar con gente, he venido aquí para defender a mi pueblo, no para mi ocio.

-Lo entiendo. Yo ahora tengo que irme a afilar mi espada y a dar de comer a mi caballo.

¿Cómo se llama?

-Freedom.

¿Libertad? Bonito nombre, y original.

-Lo puse por los miles de esclavos que hay en el mundo. Mi caballo fue maltratado por su antiguo dueño, de ahí viene su nombre, por fin es libre.

-Bueno, no te entretengo más, supongo que nos volveremos a ver.

-Si no muero antes...-Dijo bromeando.

-Con esas cosas no bromees, da mala suerte.

-De acuerdo. Bueno hasta otra.- se acercó a mi, y me besó en la mejilla.

Era la primera vez que me besaba un chico, ni mi propio padre me había besado nunca. Después de aquel beso, me sentía feliz, era el mejor regalo de cumpleaños de mi vida (después de Yoah). Pasé un rato con los caballos, y tuvimos que partir de nuevo, pero esta vez, nos íbamos a adentrar a los valles de las montañas, llenos de árboles y zarzas. Todo aquello era muy triste, pantanoso y con muy poca vida, apenas se oían pájaros, solo de vez en cuando se veía algún pájaro pasando a nuestro lado. Fue uno de los viajes mas aburridos de mi vida, todos iban callados y muy serios, vaya día de cumpleaños que me estaban dando...

El viajecito duró toda la tarde y parte de la noche, cuando Rob Ryden (uno de los antiguos consejeros de mi padre) fue atacado cuando se había ido a explorar la zona mientras nosotros descansábamos. Vino a nosotros pidiendo ayuda:

-¡Socorro!¡Ayuda!-decía Rob.

-¡Dios santo! Que alguien avise al medico.

Aquello parecía una carnicería, Rob tenía toda la pierna y parte del tórax desgarrado, sangraba de todas partes, y casi no podía respirar. Lo tumbaron en el suelo, aquello tenía muy mala pinta, y aun peor cuando uno de los médicos se apartó y llamaron a uno de los curas que nos acompañaba. Lo único claro que pudieron sacar de aquellos espantosos gritos fue: Weigs. Nadie sabía el significado de aquella palabra, por lo que decidí acudir a uno de los mas viejos y sabios hechiceros de mi pueblo: Lernín, hermano de sangre de Merlín, el hechicero particular del Rey Arturo.

Lernín se pasaba el día mirando a la nada, y leyendo libros muy antiguos de unas escrituras desconocidas; recuerdo, que cuando yo era pequeña, me enseñó algunas de las palabras de un idioma muy antiguo, se dice que lo utilizaban los Elfos de antaño; su nombre era Quenya, de la época de Eru, Elrond o Galadriel, dama del bosque de Lothlórien, pero aquello eran tan solo leyendas, de un anillo único, y de un lugar llamado Tierra Media (Middle Earth).

Busqué al Lernín por todas partes, cuando por fin lo encontré era ya muy tarde, pero aun y todo decidí ir a hablar con él, era una de las pocas personas en las que yo confiaba, era como mi segundo padre:

-¡Aiya! (quiere decir: Hola en Quenya)

-Ohhh....Natalie, creía que te habías olvidado ya de este viejo...

-No digas eso Lernín, tu no eres viejo, aún tienes mucho por vivir.

-Ya me gustaría a mi...bueno, ¿a que se debe este honor princesita?(así era como me llamaba desde pequeña)-dijo él.

-¿Princesita? Ya me gustaría a mi no ser reina...

-¿Y eso? ¿demasiadas responsabilidades, no?

-Exacto. Bueno, yo venia a decirte, mas bien a preguntarte si sabías el significado de una palabra.

-Tu dirás.

-Weigs.-dije, mientras el anciano se echó hacía atrás.

-No repitas de nuevo esa palabra, está maldita.

-¿Maldita?

-La palabra que acabas de decir es el nombre de un demonio de antaño, que se dice que vive en las profundidades de algún lugar de lo que antes era llamado la Tierra Media. Era uno de los monstruos mas temidos, todos le tenían miedo, nadie escapaba de él. Pero...¿a que viene esa pregunta?

-Es que...Rob ha muerto esta tarde, y lo único que se le entendió balbuceando fue...esa palabra.

-Lo mejor será que nos vallamos de este viejo y lúgubre valle, solo nos traerá problemas.

-De acuerdo, avisaré a mis hombres, partiremos mañana, al alba.

-No, no podemos esperar tanto, necesitamos llegar a Grey antes del alba, o si no da por perdido a tu pueblo.

-Pero llevamos un día entero caminando, los jinetes están agotados, no han descansado en todo el día...no puedo hacerles eso.

-Debes hacer eso por ellos, o si no, despídete de tu reinado.

-Vale, partiremos en media hora, les dejaré tiempo para que coman algo y alimenten a sus caballos.

-Bueno, yo me iré a buscar unas platas medicinales, en media hora estaré en el campamento.

-Namárïe. (Adiós en Quenya)

Cuando me dirigía a donde Yoah, me encontré con Tom, tenía aspecto de estar muy cansado, y enfermo; cuando fui a saludarle me dijo que iba al rio, a lavarse porque tenía mucho sueño. Me dio mucha pena, yo podía comer de todo y a los jinetes les daban un trozo de pan por cabeza. Le detuve y le ofrecí mi cena, le conté que volveríamos a partir, pero que si él quería yo le podía dar el permiso de que volviera a Erwing, a descansar y a cuidar sus hermanos. Él se negó, dijo que había venido con un propósito y que hasta que no lo consiguiera no se marcharía.

Era el hombre más cabezota que había conocido nunca, pero quizá era eso lo que me gustaba de él, no lo sé con certeza. Lo lleve a mi tienda y lo acosté sobre mi cama, se quedó dormido a los pocos instantes, parecía un niño agotado después de haberse pasado la tarde jugando con sus amigos, pero la realidad era más dura, y había que hacerle frente; esa era una de las pocas cosas sensatas que dijo mi padre en sus últimos años en Erwing.

Sonaron las trompetas, Tom, se despertó sobresaltado, ya tenía mejor cara:

-¿Qué tal el dormilón?

-Vaya, ¿qué hora es?-dijo aún aturdido.

-Pues la hora de partir rumbo a Grey.

-¿A Grey?¿qué se nos ha perdido en Grey?

-Nada, pero nos pilla de camino y Lernín necesita comprar algunas cosas allí.

-Ya estamos con el viejo...

-Oye, un respeto, no es viejo, es sabio.

-Bueno, da igual. Tengo que ir a por Freedom, estará preocupado.

-Tranquilo, Freedom está aquí fuera, me he encargado yo de todo, y además tengo una sorpresa.

-Si no fuera por ti....haber, dime, ¿qué sorpresa?

-He ordenado, que tú, Tom Hurgan, seas mi gurdaespaldas durante este viaje. Cabalgarás conmigo y con mis consejeros y leales caballeros, hombres de honor. ¿Qué te parece?

-Me parece genial. Vamos mademoiselle.

Algo me decía, que de ahora en adelante las cosas irían mejor. Mis consejeros, me habían dicho que milagrosamente, llevábamos unas millas de distancia a Arturo y sus tropas.

Pasé todo el camino hablando con Tom, hablamos sobre todo: familia, amigos, mascotas... Fue la mejor noche de mi vida. Cuando llegamos a Grey, aún faltaban unas horas para el alba, por lo que acampamos, y fuimos a dormir.

Tom estaba haciendo guardia, pero yo, salí fuera a hablar con él, la gente me miraba mal, pero me daba igual. Nos reímos sin parar, y estando con él, el sueño se me iba. Nos despedimos con un beso al alba, pero no en la mejilla, sino en los labios. Yo tenía que acudir a una reunión, allí decidiríamos que camino íbamos a tomar en el ascenso a la montaña. Grey era una ciudad muy hermosa, erguida sobre una cascada, parecía el paraíso, calles plateadas, casas brillantes como el oro, y en la entrada a la ciudad habían dos grandes estatuas en honor a nuestros reyes de antaño, lo que fundaron la ciudad: Los hermanos Grey, Bry y Fert Grey.

Después de la reunión comí algo y fui a dormir, cuando desperté ya era casi de noche, había dormido unas seis horas. Partimos al anochecer, porque así se nos haría más fácil pasar desapercibidos por aquel lugar. Comenzamos a subir una pradera inclinada, así estuvimos unas tres horas, luego llego el momento de abandonar a los caballos, porque aquella zona era rocosa, solo podíamos alcanzar la cima escalando.

Diez de mis hombres se encargaron de llevar a los caballos a Grey, no volveríamos a verlos hasta cuando bajásemos de la montaña. A Tom le costó bastante despedirse de Freedom, a mi también me costó despedirme de Yoah, pero sabía que lo volvería a ver. En la montaña hacía mucho frío, casi todo estaba helado y muchos de mis hombres murieron escalando, resbalaron y cayeron. Yo tenía mucho miedo y era la única chica del grupo pero iba bien agarrada, cada dos por tres, Tom me estaba sujetando para que no me cayera.

Tardamos unas cuatro horas en llegar a la cima, creí que nunca iba a acabar aquella escalada, había sido realmente duro. Pero ahora no había tiempo de descansar, teníamos que encontrar a Arwen, la princesa élfica para advertirla de los peligros que se le avecinaban. Lenín nos guió hasta la cueva, pero él no se lleva muy bien con los elfos, por lo que solo tenía que entrar yo con alguien más.

Tom sería mi acompañante, era la persona en la que más confiaba, aunque él no fuera un excelente luchador. La cueva era oscura y húmeda, nuestros pasos retumbaban en las paredes de la cueva, Tom encendió una antorcha; por fin podíamos ver el camino, lleno de riachuelos y zarzas. Todas las historias que me habían contando sobre los elfos y sus casas no eran como esta cueva, siempre se les describía como claros y llenos de luz, pero lo único con luz que había en aquella cueva era la antorcha de Tom. Cuando avanzamos unos metros, pude distinguir una luz, y se oían unos cantos suaves y unas bonitas melodías, me recordaban a las nanas que me cantaba Lernín cuando yo era pequeña.

Al final del túnel, había un pequeño jardín, habían niños jugando, niños elfos, jamás había visto nada tan bonito y claro, era como un sueño. Todos los elfos era rubios, su pelo era como el oro y su piel dl color de la arena blanca, la bondad se respiraba en el aire. Hacía menos frío que en el túnel, era como un lugar aparte de la realidad, no creo que vaya a encontrar palabras para describir aquel lugar.

Preguntamos por Arwen, y un niño nos guió hasta ella, era tal y como me la habían descrito; a pesar de tener millones de años, era joven y hermosa, llena de luz y bondad. Nos ofreció una comida que no sabría decir exactamente que sería pero que ni yo ni Tom aceptamos. Le contamos toda la historia de Arturo y Escalibur, ella parecía muy asombrada. Nos contó que ayer al anochecer, Arturo llego aquí con Escalibur, y que ella misma reparó la espada, pero que si hubiera sabido la verdad, jamás le hubiera ayudado. El mundo se me vino encima, Arturo tenía a Escalibur en sus manos, y mi ciudad caería de un momento a otro, las lagrimas saltaron de mis ojos. Tom me abrazó, y Arwen me dijo aún me quedaba una oportunidad, y que esa oportunidad tenía un nombre, su nombre era: Fryen. Arwen nos contó la historia de aquella espada, fue la espda de Isildur, heredero de Arten, rey de la Tierra Media. Aquella espada fue forjada a la vez que Escalibur, son como hermanas, las dos tienen el mismo poder. Pero existe una manera de que una de las espadas venza a la otra: las manos de la persona que las maneja, si la persona que maneja a Escalibur es peor persona que la que maneja a Fryen, Fryen ganará, se mide la bondad del corazón.

Esta era mi oportunidad, todo el mundo sabía que Arturo estaba lleno de odio después de la muerte de su padre, por lo que esta vez se acordaría de mi. Le di las gracias a Arwen y le prometí que volvería a visitarla cuando pasara todo esto. Tom y yo salimos corriendo, no había tiempo que perder, la cuenta atrás había comenzado, y yo tenía a la salvación de mi pueblo en mis manos, tenía a Fryen:

-Tenemos que darnos prisa-dijo Tom.

-Lo sé, hay que llegar antes que él, le propondré un duelo, una lucha a muerte.

-Pero, si tu no sabes luchar.

-Ya, pero tengo a Fryen.-dije convencida de que ganaría.

-Yo no me fiaría, tan solo es una espada. Será demasiado peligroso.

-Creo que soy lo suficientemente mayorcita para saber lo que hago, ¿no?

-Si si, yo no te digo que no, solo que...

Corté la conversación, eché a correr, Tom venía detrás mio. Todos nos esperaban a la salida, lo conté todo en muy pocas palabras, pero me entendieron, echamos todos a correr como nunca y en pocas horas estábamos ya en Grey.

Aquel día estaba realmente confusa, no tenía ninguna duda en que Fryen vencería a Escalibur, pero algo dentro de mi dudaba, eso me hacía pensar, me pasé pensando en aquello todo el viaje de vuelta a casa. Tom estaba preocupado, cada diez minutos preguntaba haber si me pasaba algo, yo no respondí a ninguna de sus preguntas, una mirada vale más que mil palabras.

Hicimos varias paradas a lo largo del viaje, tardamos un día y medio en llegar a Erwing, todo estaba tal y como lo habíamos dejado, la gente trabajaba en el mercado, los caballos estaban en sus respectivos establos, todo normal. Eso nos asombró, Arturo nos llevaba ventaja y sabía que yo estaba fuera de la ciudad, ¿por qué no atacó? ¿quizá no quería parecer un cobarde?

Esas preguntas jamás tendrán una respuesta clara, mientras entrábamos al castillos, invité a Tom a mi habitación, mientras llegábamos a la entrada, oía murmurar a los caballeros:

-¿Qué crees que se trae entre manos la reina?¿qué hace con Tom Hurgan?

-No lo sé, déjalos, son jóvenes.

-Ya, pero ella tiene cosas más importantes de las que preocuparse. Si estuviera aquí su padre...todo iría mejor.

Ese comentario me dolió, que mi propia gente no confiará en mi, y esos se hacían llamar leales caballeros, murmuraban cosas de mi a mis espaldas, ¿eso que tenía de leal?

Cuando llegué a la habitación, supuestamente Tom tendría que estar esperándome, pero no había nadie, estaba totalmente vacía. Me senté en mi cama, esperé un rato y oí llegar a Tom, le pregunté haber donde se había metido, que lo había estado esperando. Estaba bastante enfadada, pero cuando Tom me enseñó una rosa que había cogido para mi de un rosal del jardín, se me pasó todo el cabreo. El pobre estaba lleno de magulladuras, ya que el rosal es lleno de zarzas y suelen haber muy pocas rosas, aquella era realmente bella, él me dijo que no tenía comparación con mi belleza, eso me halagó.

Oí pasos, era Lernín, estaba nervioso, le pregunté que ocurría, no respondió, solo señaló a la ventana. Aquella situación no me gustaba nada, me acerqué a la ventana...era Arturo, estaba en la puerta de mi pueblo con una gran tropa de jinetes y varios de ellos montados en elefantes, no me lo podía creer. Vi una gran espada en la mano de Arturo, era Escalibur, con ella estaba matando a unos artesanos. Los niños gritaban, las madres corrían y los padres de familia luchaban mientras quemaban sus casas. Aquello era realmente triste una lagrima escapó de mis ojos mientras veía a mi pueblo sufrir. No podía quedarme allí mirando, sin hacer nada, corrí a la sala de armas, cogí el escudo de mi padre, era fuerte como una roca y brillante como el sol, seguidamente me acerqué a Fryen, la agarré con fuerza y salí a la calle.

Tom cogió su espada y su arco, luchamos hasta no poder más. Nunca había visto tanta sangre, gente muerta, gritos de niños...La rabia de mi cuerpo hacía que yo aguantará luchando. A lo lejos vi a Arturo, acababa de matar a una mujer, de pequeña había sido mi maestra, la señorita Meyer. Le miré, el me miró, su mirada asustaba, estaba llena de odio y dolor, aparté la mirada rápidamente, me habían herido el brazo izquierdo, maté al jinete que me hizo la herida. Cuando me giré, Arturo estaba detrás mio, me miro y se rió, me dieron ganas de matarlo allí mismo, pero no era el momento, más muertes no. Se marchó con lo que le quedaba de tropa y me juró que volvería, pero yo no dejaría que volviera, sería más rápida y atacaría antes que el moviera ficha.

Hablé con mis consejeros de guerra, decidimos atacar con todas nuestras tropas al anochecer de ese mismo día. Tom vendría conmigo, no me quería abandonar, afilé mi espada, limpié mi escudo, de las manchas de sangre de aquella tarde. Habíamos perdido unos 200 hombres, eso no nos hizo caer, él también había perdido parte de su ejército. Cruzamos el río Yew sobre las 21:30, teníamos planeado atacar a las 22:30, aún nos quedaba tiempo para preparar todo. Yoah estaba más ansioso de correr que nunca, había descansado muchas horas y había comido bien. Quería vengarse por lo de la tarde, la venganza se olía en el ambiente, todos gritaban y estaban furiosos. No me gustaba ver a mi gente así, pero yo no podía hacer nada.

Las puertas de Camelot estaban ante nosotros, el escudo de la ciudad brillaba con fuerza aunque fuera de noche; en el escudo se podía ver una roca y un niño (Arturo) tirando de una espada que estaba incrustada en la roca, como cuenta la leyenda. Tiramos la puerta con nuestros Arietes, y las catapultas empezaron a lanzar bolas de fuego contra el castillo.Los espadachines de lanza larga fueron los primeros en atacar, luego los jinetes a caballo y los últimos los arqueros, entre ellos estaba Tom, yo iba en el grupo de los jinetes, dirigiéndolos.

Llevábamos la ventaja del ataque sorpresa, Arturo no estaba preparado para esto, el único fallo que había cometido era algo que jamás hay que hacer: subestimar al enemigo, y hacer eso lo estaba llevando a la ruina.

No tardó mucho en empezar a defenderse, solo que nosotros ya habíamos avanzado mucho, estábamos en la puerta del castillo, a punto de derribar la puerta con los Arietes.

Entramos al castillo, estaba muy bien protegido, pero no nos asombró, ya nos lo esperábamos. Fuimos matando a todo el que se cruzará en nuestro camino, llegamos por fin a la habitación de Arturo, allí estaba él, con dos hombres más. Los dos fuero matados por Tom. Lernín, Arturo, Tom y yo estábamos en la habitación, no tenía escapatoria, solo que tenía a Escalibur y eso nos daba respeto.

-Cuanto tiempo, ¿no?-le preguntó Arturo a Lernín con una sonrisa irónica.

-Sí, mucho, pero veo que físicamente estás igual, aunque no puedo decir lo mismo psicológicamente.

-¿Acaso me estás llamando loco?- dijo él con tono enfadado.

-No, por favor. No quería ofenderte.

-Habéis venido a por algo, pues decírmelo, yo os lo proporcionaré y os dejaré marchar.-dijo Arturo mientras yo eché a reír.

-¿Me estás tomando el pelo?- dije yo.

-Ohh...a quien tenemos aquí, la hija privilegiada del tonto rey de Erwing.

-Ya no es rey.

-Bueno, eso no importa.

-Te reto a un duelo a muerte.-le solté yo, sin saber muy bien que decía.

-Ja, ja, ja....por favor, ¿ahora me tomas tu el pelo? ¿un duelo a muerte con una niña?

-Si eso es lo que piensas de mí, a mí no me importa.

-Bueno tu lo has querido-dijo mientras cogía a Escalibur.

-De cerca es mucho más bonita.- dije refiriéndome a Escalibur.

No respondió, tan solo se dedicó a atacarme, yo me defendí como nunca, ni yo misma sabía que luchaba tan bien. Ni Lernín ni Tom podían meterse en la lucha, los duelos son de dos personas, pero yo sabía que si yo estaba a punto de morir Tom me ayudaría, eso me tranquilizaba.

Aquella espada, era tal y como contaba la leyenda, fuerte y brillante, a pesar de que tenía una infinidad de años, parecía recién afilada. Logré hacerle un rasguño a Arturo, aunque no parecía que le preocupara mucho, para mi sin embargo, había sido una gran hazaña, conociendo a Arturo, sabiendo lo buen luchador que es.

Difícilmente, conseguí tirar al suelo a Arturo, me quedé paralizada, Escalibur estaba en la otra punta de la habitación, y Arturo estaba indefenso, era mi opurtunidad de vengarme, de matarle. Aún no sé que me empujó a salir de aquella habitación, no podía matarle. Cogí a Escalibur y salí corriendo, Tom me siguió, pero Lernín se quedó allí. Salimos del castillo, nuestros hombres habían acabado con el ejercito de Arturo, estaban celebrándolo, a gritos, hacía mucho que no veía a mi gente tan feliz, eso hacía que me sintiera bien, que todo esto había servido para algo, que ese era el fin de una lucha, una lucha recordada durante mucho tiempo, La Guerra De Escalibur, así se la llamó.

Ahora, recuerdo con gran alegría aquellos tiempos, tiempos que nunca viviré.

Tom y yo, nos casamos un par de años después, tuvimos dos hijos; Greg y Marc, Marc murió hace años, en una guerra, pero Greg tubo cuatro hijos, mis únicos nietos, los nietos que en este preciso momento estoy observando desde mi ventana, sola, ellos juegan, yo escribo. Tom murió el año pasado, de una grave enfermedad, ahora, yo tan solo espero y espero a que llegue mi hora.

Nadie ha sabido nunca que fue de Lernín y de Arturo, no volvieron a aparecer, pero sé, que, Lernín le habría dado un escarmiento a Arturo, el escarmiento que a mí se me hizo imposible darle. Mis dos tesoros, Fryen y Escalibur, hace varios años que desaparecieron en las profundidades del mar, no sé porque hice aquello, quizá porque las armas, no sirven para conseguir la paz, sino para que la paz sea una meta imposible, en el futuro, espero que las armas desaparezcan, cosa que no creo.

La habitación es fría, estoy sola, oigo carcajadas de los niños, así no soy feliz, antes de morir, deseaba una cosa, que alguien supiera la verdad de Escalibur, de Fryen y de Camelot, que ahora está sumergido en el mar después de una gran inundación, nadie volverá a encontrar aquel reino, será un fantasía, y todos los que vivimos aquella guerra, decidimos no volver a hablar sobre Camelot, sería tan solo un cuento para nuestros nietos, nuestros descendientes jamás sabrán la verdad...excepto tú.

Natalie
                                                23-10-1657 

P.D: Natalie murió de infarto el 24-10-1657 a la edad de 83 años. (1574-1657)

Autora: Aiora
14 años, E
spaña
efiny_88@hotmail.com

 

 

 

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